Si alguien me hubiera preguntado aquel día de verano qué era lo que más odiaba en este mundo habría dado una respuesta clara: el hurto de uso de vehículo a motor. Sí, ese delito que consiste en robar un vehículo y devolverlo antes de 48 horas. Lo había cometido el hijo de un amigo mío, residentes ambos en A Coruña: una noche de fiesta, y bajo la influencia del alcohol y otras sustancias, había decidido volver a casa en coche. Había localizado uno, había roto la ventanilla y, como el angelito sabía hacer puentes, lo había conducido hasta su casa. Cuando se le pasó la resaca le dijo a su padre lo que había hecho, y ambos llamaron a la dueña del vehículo. Sin embargo, ésta había sido clara: el chico tenía que aprender la lección y para ello nada mejor que un juicio penal.

Y aquí me tenéis a mí, abogado madrileño residente en Valencia, conduciendo un lunes por la mañana para defender al chaval. La imprevisión de mi amigo, que me había impedido coger un avión con tiempo suficiente para que me saliera rentable, y mi fobia a trenes y autobuses me habían abocado a usar el coche. Pensaba hacer el trayecto en dos días, pernoctando en algún hotelucho del norte de Madrid y siguiendo al día siguiente hasta Galicia.

Conducir solo es un aburrimiento. Un auténtico coñazo, y más si llevas seis horas seguidas, la batería de tu MP3 se ha agotado y es julio y pega un sol de justicia. Me estaba durmiendo, y eso no era bueno. De ahí que me decidiera a recogerlas.

Normalmente no suelo recoger autostopistas: no me fío de meter extraños en mi coche. Pero aquellas dos parecían inofensivas. Caminaban por el arcén de la manera que no se debe, por el sentido de la marcha, así que las rebasé. Entonces les pude echar un ojo: chicas normales, con un poco de pinta hippy. Y yo me estaba durmiendo... total, que paré.

Levantaron la cabeza cuando me eché al arcén y abrí mi puerta.

-¿Dónde vais, chicas? –les pregunté.

-Vamos hacia Galicia –dijo la que iba delante, una pelirroja bajita-. ¿Nos puedes llevar al menos hasta Madrid?

-¿Vais a Ortigueira? –pregunté. Era una intuición, pero dos chicas con pinta jipiola que iban a Galicia unos días antes del festival de música celta que se celebraba en esa ciudad... la pelirroja asintió.

-Sí, vamos al festival. ¿Hasta dónde nos puedes llevar?

-Pues estáis de suerte. Yo voy hasta Coruña, así que os puedo dejar en la misma puerta.

La bajita se alegró, pero su compañera, más alta y de pelo negro, la refrenó.

-Cielo, no tenemos dinero para pagar un hotel... –se dirigió a mí-. Verás, pensábamos dormir hoy en cualquier parque de Madrid y luego seguir haciendo autostop hasta Galicia. Tú hoy dormirás donde sea, supongo que en un hotel, y no tenemos dinero para pagar una habitación. Así que...

-Escuchad, chicas. Yo voy a pagar una habitación en un hotel de mala muerte. Para una noche, me da igual pagar dos –pasé por alto sus protestas y continué-. Si no os apetece aceptar regalos, vedlo como mi pago a vuestra compañía y conversación, que me estoy aburriendo como una mona.

Las chicas se cruzaron una mirada y al final la alta y morena asintió.

-Muy bien, pues vamos –les dije, señalándoles el asiento trasero. Supuse que querrían sentarse juntas -. Por cierto, me llamo Alejandro.

-Yo soy Ruth y ella es Gema –dijo la alta y morena-. Somos pareja.

Era una delicia charlar con ellas. La conversación fluyó rápidamente y enseguida nos entendimos bien. Yo les conté para qué iba a Coruña y ellas me dijeron que iban a Ortigueira ellas solas, pero que allí les esperaban amigos gallegos. Eran las dos de Guadalajara, pero mientras que Ruth era de la propia ciudad, Gema había nacido en un pueblo de los alrededores.

Las dos tenían ciertas similitudes. Ambas habían estudiado en la Autónoma de Madrid, aunque carreras diferentes: Ruth Biología y Gema Filología Hispánica. Luego se habían vuelto a Guadalajara, sólo para descubrir que no había trabajo en lo suyo: ahora Ruth trabajaba de teleoperadora y de profesora particular, mientras que Gema había logrado encontrar trabajo en una academia a costa de dejar definitivamente su pueblo y mudarse a Guadalajara. Según me dijo, tampoco era que le importara mucho, porque estaba hasta las narices del irrespirable ambiente que ser respiraba en su conservadora casa: al parecer la bronca que le había echado su padre cuando le confesó su bisexualidad había estado a punto de degenerar en agresión física.

Se habían conocido una noche, en un bar. Ruth ya había tenido experiencias con mujeres, Gema no, pero lo estaba deseando. Había sido verse y gustarse. Esa noche se habían liado: al día siguiente Ruth cortó con un amigo con el que estaba de rollo y le pidió algo serio a Gema. Seis meses después, estaban viviendo juntas.

A lo tonto, toda la historia me había puesto cachondo. Me la contaron a retazos, entre diálogos de una conversación que iba fluyendo entre la música (indie y, Gema, algo de heavy), el cine (negación de la americanada), la literatura (condena unánime al best-seller, Ruth un poco más matizada), la política (ambas de izquierdas pero sin definir) y la religión (ambas ateas). Las chicas me gustaban, y no sólo físicamente: eran las dos increíblemente agradables. De hecho, pensé, apenas me había fijado en su físico.

Pude hacerlo en una parada que hicimos para repostar. Ruth era más guapa según los cánones imperantes: alta, pechos de tamaño normal, buen culo, unas piernas preciosas. Sin embargo, a mí me gustaba más Gema: tenía una cara realmente preciosa, los pechos algo más grandes y unos labios verdaderamente besables. Además, siempre me han puesto las pelirrojas.

Seguimos viaje y yo no le di más importancia. Al fin y al cabo, cuando llevas soltero tanto tiempo como yo, estos pensamientos pasan por tu cabeza cada cierto tiempo. La conversación siguió normalmente, pero al rato Ruth se durmió en los hombros de su novia y me quedé hablando sólo con Gema.

-Se nota que la quieres mucho –le dije.

-Sí, estamos hechas la una para la otra. ¿Sabes? Es increíble que podamos estar en tu coche, aquí, tranquilamente, y que tú aceptes nuestra relación como algo normal. Hace veinte años hubiera sido impensable.

-Las cosas cambian. Por desgracia aún le queda.

-Y que lo digas. ¿Te puedo contar una anécdota? Cuando estábamos empezando, creo que en la segunda o tercera semana, no teníamos sitio: Ruth vivía con sus padres y yo en un piso compartido en donde la privacidad no existía. Pues nos dio el calentón y nos metimos entre unas matas, en un parque. Total, que estamos ahí a lo nuestro y nos vemos a un viejo, asomándose detrás de un árbol y mirándonos fijamente... juro que se estaba pajeando. Total, que cuando nos vio levantó la voz y se puso a decir "¡Degeneradas! ¡Guarras! ¡Golfas, que no tenéis decencia!" y cosas por el estilo.

Me reí. Me imaginaba al viejo con la cara desencajada y los ojos desorbitados, y la verdad es que era divertido.

-Pues la cosa es que mientras nos alejábamos el tío nos seguía persiguiendo –se rió Gema- y gritándonos de todo. Entonces, se plantó una señora delante de él, una cincuentona que volvía de la compra, podría ser mi madre, y le empezó a gritar a él, y a llamarle viejo verde y mirón y de todo... Y varias personas se le unieron a echarle la bronca por retrógrado y antiguo.

Nos reímos bajito, para no despertar a Ruth. Sin embargo, a mí la imagen de las dos chicas follando en un lugar semipúblico se me había metido en la cabeza y ya no se movía de ahí. Empecé a tener una erección.

Pero cuando ya mi calentura se desbordó completamente fue cuando finalmente paramos. En el hotel de carretera se les había roto el lector de tarjetas de crédito y tenía que pagar con el dinero que llevaba encima. Y no me daba para dos habitaciones. Así que les dije a las chicas que había dos opciones: o compartir una habitación doble con cama supletoria, o seguir viaje buscando otro hotel. Yo recomendé ésta última: el siguiente hotel no podía estar muy lejos. Sin embargo, Ruth, que estaba completamente agotada, pidió que nos quedáramos allí.

Así que ahí estaba yo, sin comerlo ni beberlo, compartiendo habitación con dos bisexuales que no sabía cuál me ponía más. Pero aquello era ridículo: tenía que tranquilizarme. Me duché, me hice una paja y cuando bajamos a cenar ya estaba normal. Apenas hablamos y nos subimos enseguida a dormir.

Las chicas eran poco pudorosas. Dormían con camiseta y bragas, y no tuvieron problema en pasearse por la habitación con ese uniforme. Pude comprobar que efectivamente Gema tenía las tetas más grandes y que Ruth tenía un culo precioso, pero la verdad es que no estuvimos nada de tiempo despiertos, pues los tres estábamos muy cansados. Me puse los pantalones de pijama y apagamos la luz.

Caí dormido inmediatamente. No recuerdo nada de mis sueños, pero sí que a las cuatro de la mañana me desperté. Pensé en un taco. Venía sucediéndome desde hacía unas semanas, un insomnio sobrevenido que me hacía pasarme la segunda parte de la noche dando vueltas. Pero ahora tenía compañeras de cuarto y no quería molestarlas: no sabía cuan ligeras de sueño eran, y no quería despertarlas. Así que me puse cómodo y me resigné a mantenerme despierto en la misma posición todo lo que quedaba de noche.

Llevaba un rato así cuando empecé a oír ruidos. Escuché durante un rato y los percibí con más nitidez, no sólo por el tiempo, sino porque eran algo más fuertes. Se trataba de los muelles de la cama doble, un viejo armatoste desvencijado. Se movían rítmicamente. De repente, oí un gemido muy, muy bajito. Estaban follando. Delante de mí.

Mi polla estaba dura como un tronco. Deslicé mi mano hacia ella y empecé a masturbarme. Con cada ruidito, con cada gemido, yo me imaginaba una escena completa. Pero justo en ese momento mi conciencia se impuso. Vamos a ver, razoné, a mí no me gustaría que me escucharan mientras follo, y que además se masturbaran. Así que tenía que cortar aquello.

-Chicas –dije por lo bajo. Los ruidos pararon-. Chicas, os estoy oyendo.

-¿Te molestamos? –dijo la voz de Gema. Temblaba.

-No, no es eso. Es por vosotras. Supongo que no os parecerá agradable.

-¿Sabes lo que te dije antes? ¿La anécdota del parque?

-Eh, sí –no entendía a qué venía aquello.

-Siempre hemos sido un poco exhibicionistas.

Luego me enteré de que la razón por la que habían empezado a follar había sido precisamente porque a las dos les daba morbo que yo pudiera estar escuchándolas. Simplemente, les ponía cachondas tener público. Pero entonces no lo sabía y tuve que limitarme a escuchar con estupor cómo los ruidos continuaban, ya sin ocultación. Los gemidos de Gema eran música para mis oídos: me senté en la cama, me quité los pantalones y me puse a masturbarme a oscuras.

Escuché cuchicheos, y de repente escuché la voz de Ruth.

-Alejandro... ¿te apetece mirar? –no me hice de rogar: simplemente encendí la luz.

Lo que vi no me defraudó. Ruth abrazaba a Gema desde atrás, clavándole sus tetas en la espalda. Le había subido la camiseta y pude contemplar dos tetas grandes pero firmes, con pezones gordos y rosados, que en ese momento estaban muy, muy erectos: la mano izquierda de Ruth estimulaba el pecho de su compañera. Pero lo que me terminó de infartar fue la mano derecha: Ruth tenía la mano derecha metida dentro de las bragas de Gema. Le estaba haciendo un dedo delante de mis ojos.

Y qué dedo. Veía moverse la mano dentro de las bragas, tocando el clítoris y penetrando por la vagina. Gema se mordía los labios y cada poco soltaba algún gemidito que me ponía aún más cachondo. Ruth también estaba muy caliente: le mordía el cuello y reaccionaba a las caricias que, en una postura bastante incómoda, le realizaba cada poco Gema.

Sin darme cuenta había ido acercándome, hasta que estuve frente a ellas. Gema me miraba de reojo, viéndome masturbarme. Era una paja larga y lenta, porque me había corrido antes de cenar. Y, de repente, Gema levantó su mano derecha y me acarició los huevos.

Era increíble. No me lo esperaba, y la sensación fue alucinante. Esa mano tocándome los huevos con suavidad y cariño... Gema subió por la polla y apartó mi propia mano, para masturbarme ella. No pude más. Me agaché y adelanté mi cuerpo. Gema supo lo que tenía que hacer: sacó la lengua y le dio un lametón a mi glande. Luego otro, y otro, cada vez más rápido, hasta que se la clavé en la boca.

Me senté en la cama para disfrutar de la mamada. Ruth, que hasta el momento había permanecido pasiva, alargó la mano y acarició mi polla. Entonces, Gema se bajó de la cama y se arrodilló.

Nunca había probado una mamada a doble boca, y esta –Gema de rodillas, Ruth tumbada en la cama- me estaba resultando deliciosa. Dos lenguas lamían mi glande, dos bocas se tragaban mi tronco, cuatro manos acariciaban mis huevos. Las mías tampoco se estaban quietas: la izquierda acariciaba las tetas de Gema; la derecha, la espalda y el culo de Ruth.

Me corrí. Fue una corrida enorme, casi imposible teniendo en cuenta la paja que me había hecho hacía unas horas. Casi toda impactó contra la cara de Gema, que se quedó sorprendida porque no se la esperaba. Sin embargo, reaccionó bien: terminó de lamer las últimas gotas y se levantó para ir al baño a limpiarse.

Ruth y yo nos miramos. Podíamos tomar aquello como un error, una equivocación, alguna clase de cosa que no tendría que haber pasado. O podíamos seguir adelante.

Seguimos adelante. Me eché sobre ella y la tiré en la cama. Le bajé las bragas, le abrí las piernas y empecé a comer coño. Primero lamí su pubis, que llevaba depilado. Mi lengua se deslizó por la zona de sus labios, contorneando su vulva. Me puso la mano en la cabeza y me dejé guiar: abrí sus labios menores y descubrí su clítoris, hinchado y erecto.

Se lo lamí. Lametones amplios y largos, en espirales cada vez más pequeñas, hasta llegar a la cima del pequeño montoncito de carne. Luego, lo cogí con los labios y lo lamí con habilidad, cuidando de no morderlo. La presión fuerte pero sedosa de mis labios y los lametones concentrados en tan pocos puntos le hicieron lubricar aún más. Pronto le metería los dedos.

Llevábamos así varios minutos, y Gema había vuelto. Viendo como estaban las cosas, se había tumbado para seguir participando. Al lado de su novia, le comía las tetas. Levanté un momento la cara de entre las piernas de Ruth, y pude ver cómo Gema le hacía en los pezones movimientos parecidos a los míos en el clítoris. Una mano en la cabeza me obligó a volver.

Le metí un dedo. Primero el índice, sin dejar de comer y de saborear sus flujos. Palpé sus rugosidades internas y me la follé con mi dedo. Cuando empezó a dilatar aún más, cupo el dedo corazón. Metí y saqué mientras mi lengua se movía como loca en toda la zona. De repente –de eso me enteré después- Gema le mordió un pezón.

La oleada de flujo fue inmensa. Me llenó la boca y me chorreó por las comisuras. Ruth arqueó su cuerpo mientras los últimos espasmos del orgasmo le recorrían. Sus últimos gemidos se apagaron. Luego, cayó pesadamente sobre la cama. Sin embargo, no se quedó quieta: alargó su mano para indicarme que me acercara a ella. Entonces me susurró en la oreja:

-Esta noche somos tuyas. Haz con nosotras lo que quieras.

El cosquilleo de su aliento y el contenido del mensaje me pusieron aún más burro. De repente, noté una mano en la polla. Levanté la vista y vi a Gema, que me miraba con expresión pícara.

No hizo falta más. Me lancé sobre ella y la puse a cuatro patas. Me miró con deseo, y yo busqué su coño con los dedos. Cuando lo encontré, le metí los dedos, pero inmediatamente empezó a gritarme que me la follara, que quería ser mi puta.

Se la clavé, lentamente al principio pero luego ella misma se echó para atrás y terminó el trabajo. Apoyándome en su culo, empecé a moverme dentro de ella. Notaba su coño calentito y húmedo, y mi polla entraba y salía con facilidad. Ella mordió una almohada para ahogar sus propios gemidos: lo estaba pasando en grande y se le notaba. De repente, volví a sentir a Ruth detrás de mí.

-¿Te gusta follarte a la zorra de mi novia? Es muy puta, ¿verdad? Le encanta... –y otras guarradas por el estilo. A mí eso siempre me ha puesto a mil, así que empecé a moverme con más fuerza. No pude aguantar: levanté la mano derecha y le pegué un azote a Gema. Levantó la cara de la almohada y gritó, pero se volvió hacia atrás y me dijo:

-Otro, por favor, dame más.

Seguí tirándomela mientras la azotaba. Mis huevos rebotaban en su clítoris: más tarde me dijo que eso era una de las cosas que más cachonda le ponían. Y no hacía falta mucho: con el pedazo de dedo que le había hecho Ruth hacía un rato, estaba ya casi a punto.

Su orgasmo fue aún más brutal que el de su novia. No gritó, sino que se quedó callada, con la espada arqueada, chorreando. Sólo cuando terminó soltó una especie de gemido gutural, y después de eso se quedó desmadejada sobre la cama.

Yo también caí, derrengado. Alguien apagó la luz y descubrí la solución a mi insomnio: echar un buen polvo. Dormí de un tirón cuatro horas, hasta las nueve. En ese momento mi reloj interno me volvió a despertar: abrí los ojos y pude presenciar una escena rebosante de ternura y erotismo: las dos chicas durmiendo, abrazadas, con los pechos rozándose y las cabezas juntas.

Aún hubo algo de sexo aquella mañana: Ruth se despertó cachonda y empezó a besar a Gema en los labios y los pechos para despertarla. Su novia sonrió y bajó hasta su entrepierna. Pude presenciar un cunnilingus lésbico: la cabeza de Gema se meneaba entre las piernas de su novia, pasándole la lengua por el clítoris. Los gemidos de Ruth aumentaron de volumen. Yo, apoyado en una mesita, contemplé el espectáculo sin meterme: intuía que aquello era algo sólo de ellas dos, que no habría sido buena idea participar.

Gema seguía lamiendo, y llegó a meter la lengua en la vagina de Ruth. Eso le encantó: se deshizo en suspiros de placer y agarró fuertemente las sábanas. Gema siguió follándola con la lengua, y pasó lo que tenía que pasar: un gemido largo y profundo y un nuevo orgasmo por su parte. Yo las miré con simpatía: aquella noche había bastado para empezar a forjar un profundo vínculo emocional.

Cuando nos subimos al coche, todo fue como el día anterior: risas y conversación amena. El resto del trayecto que nos quedaba hasta Coruña se nos hizo muy corto. No mencionamos la noche para nada, pero la sexualidad estaba en el aire.

Y, por fin, llegamos a Coruña. Las chicas se bajaron del coche y se dispusieron a seguir haciendo autostop para recorrer los pocos kilómetros que les faltaban hasta Ortigueira. Les di a ambas un profundo abrazo, pero justo antes de subirme al coche, Gema me dijo:

-Oye, Alejandro... esto no tiene por qué ser una despedida. Puede ser un "hasta luego", ¿no crees?

Nos intercambiamos los teléfonos y los mails. Cuando el festival terminó yo aún estaba peleándome con los juzgados de A Coruña, así que no nos vimos a la vuelta, pero las llamé cuando regresé a Valencia. En los meses siguientes nuestra relación se intensificó: retomé el messenger y todos los días hablaba al menos con una de ellas por teléfono o por el ordenador.

En el transcurso de los seis meses siguientes al concierto quedamos cuatro o cinco veces, en Valencia o en Guadalajara, y en dos de ellas acabamos acostándonos.. Por desgracia, parecía que cuanto mejor se compenetraban en la cama peor les iba como pareja: el último polvo que echamos está en la lista de los cinco mejores de mi vida, es cierto, pero dos semanas después cortaron. La relación había empezado a ir mal mes y medio después del concierto, y fue dando altibajos hasta que al final se sentaron a hablar y acordaron que se estaban haciendo demasiado daño la una a la otra. Según me contó Gema, se despidieron con un abrazo y con lágrimas en los ojos.

Ninguna de las dos podía afrontar en solitario el pago del alquiler, así que deshicieron la casa. Ruth volvió con sus padres y siguió dando clases particulares y trabajando de teleoperadora: unos meses después, logró sacarse una plaza en un instituto público. Ahora está feliz y tiene un prometedor proyecto de relación con una de las profesoras de física.

Gema no lo tenía tan fácil. Cuando terminó el verano, la academia en la que trabajaba perdió clientes y a los pocos meses tuvo que recortar plantilla. Ella fue una de las despedidas. No pudo encontrar trabajo y cuando terminó la relación se le estaban acabando los ahorros. Se encontró muy jodida: al pueblo no podía ni quería volver, y sin trabajo se iba a la calle. Así que le ofrecí una solución.

Para Navidad, Gema estaba en mi casa. Vivimos un tiempo como compañeros de piso. Ella empezó a echar currículums en Valencia, sin demasiada suerte. Por aquél entonces yo llevaba un caso al propietario de un colegio privado al que unos alumnos borrachos le habían dado una paliza, y le convencí de que tenía a la candidata perfecta para cubrir una vacante que tenía en el departamento de Lengua y Literatura.

¿Y qué más puedo decir? La amistad se consolidó y pasó a algo más. Ahora Gema y yo estamos juntos, y parece que va para largo. Es una chica estupenda, y la quiero muchísimo. La verdad, creo que de todas las decisiones que he tomado en mi vida, defender al hijo de mi amigo de su delito de hurto de uso de vehículo a motor es, sin duda, la mejor.

Autor Andres

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