En cuanto escuché la llave girar en la cerradura de la puerta di un respingo en la silla del ordenador. Al fondo del pasillo se escuchaba la televisión. Mi padre había llegado del trabajo un poco extraño y con un olor de lo más raro, como a aceite. Habíamos intercambiado unas cuantas palabras, se había metido en la ducha y yo me había vuelto a poner en el ordenador, matando el tiempo y matando soldados en el juego on-line al que tan viciado estaba. Quería que pasara rápido el tiempo para que Jacobo volviera y me contara lo que había pasado en casa de Harry. ¿Habría ido Cachu al final?
Mi decepción fue mayúscula cuando descubrí que la que aparecía por la puerta era mi madre en vez de mi hermano. Salí al pasillo, fui al comedor y le di dos besos. Me dijo que pusiera la mesa porque íbamos a cenar y me preguntó por mi hermano.
-Hoy no entrenaba. Estas no son horas para volver. Vamos a cenar –comentó ella gruñona.
-Pero si son las horas a las que sueles volver tú últimamente –comentó mi padre sin quitar ojo a la televisión.
-Sí, pero yo no soy una adolescente en una etapa problemática.
-¿Jacobo está pasando una etapa problemática? –pregunté con cara de circunstancia, sin haberme enterado de aquello, pues mi hermano era el hijo y estudiante ejemplar.
Mi madre me fulminó con la mirada.
-Es una forma de hablar, Nicolás –recogió su bolso y se dirigió al cuarto para deshacerse de sus altos tacones.
Yo me quedé mirando la tele, de pie, en el umbral de la puerta, observando también a mi padre, al que descubrí ensimismado. No estaba atendiendo a lo que decía el presentador del telediario. También me percaté de que el pelo le brillaba más que de costumbre y que tenía un rictus serio que arrugaba las comisuras de sus labios.
-¡Papá! –le llamé.
-¿Sí? –contestó volviendo en sí y mirándome.
-Nada –dije divertido-. ¡Que te habías quedao!
En eso que se abrió la puerta de la calle y apareció Jacobo. Mi madre llegaba en ese momento, en dirección a la cocina.
-¡Hombre! ¡Ya son horas, eh! –le dijo.
Mi hermano miró su reloj y se disculpó, diciendo que se había entretenido haciendo un trabajo en casa de Harry. Se descolgó la mochila del hombro y la dejó en el suelo, mientras miraba también la televisión, de pie junto a mí.
-¿Ha ido Cachu con vosotros? –le pregunté.
En aquel momento mi padre emitió un tenue carraspeó que a ambos nos pasó inadvertidos, lo mismo que su cambio de postura en el sofá.
-No –negó con la cabeza Jacobo-. Y tiene el móvil apagado. No sé que le habrá pasado.
-Aquí no ha venido –le informé.
-El sabrá –se encogió de hombros mi hermano, echándose de nuevo la mochila al hombro e indicándome con la cabeza que le acompañara al cuarto.
Al llegar a la habitación cerré la puerta tras de mí y esperé ansioso a que Jacobo hablara. Soltó la mochila sobre la cama, abrió rápidamente la cremallera y sacó la videocámara de la funda.
-¡Vas a flipar, hermanito! –exclamó.
-¿Qué es lo que ha pasado? –me acerqué rápidamente a la cama, sentándome junto a él, que destapaba la videocámara y comenzaba a encenderla para mostrarme en su pequeño LCD lo que había grabado.
-El Harry es un crack. Ha montado una en su casa tremenda.
-¿Pero el qué ha montado? –le insistí.
-¿Tú sabes quién es el moro ese que se dedica a pasar costo en la placita de Santa Eulalia? –preguntó, refiriéndose a una plazoleta cercana a donde vivíamos y en donde no nos reuníamos por ser demasiado bulliciosa y estar demasiado atestada de abuelos.
Intenté hacer memoria para ver si había visto a aquel personaje que me decía mi hermano. Pero no caía.
-Sí, joder –continuó-. El que se pone a partir de las ocho en la esquina de los contenedores a pasar costo. -En ese momento caí.
-Pero ese chaval es de tu edad, ¿no? ¿Uno que lleva siempre una sudadera de Nike?
-¡Ese! –Asintió Jacobo-. No es mucho mayor que yo. Bueno, pues ese pibe –continuó emocionado- ha venido a casa de Harry a follarse a la novia del primo de Harry.
-¡Espera, espera, espera! –le pedí que se detuviese para ver si había entendido bien.
-Y el primo de Harry se lo ha montado con ellos también. ¡Un trío!
-¿Un trío? –arrugué la nariz.
-Sí –dijo mi hermano exultante-. Y lo tengo todo aquí –indicó la videocámara.
-¿Pero el moro y el primo de Harry se lo han montado también entre ellos? -La cara que puso mi hermano ante mi pregunta fue un poema-. ¡¿QUÉ?! –dije con fastidio.
-Que la cara tira al monte –respondió.
-¿Qué quieres decir con eso?
-Ya sabes lo que quiero decir –puso su tono borde.
-No. No lo sé. Explícate.
-Que no se lo han montado entre ellos –aclaró mi duda sin seguir por un terreno escabroso que, fuera de enfadarme, lo que hacía era ofenderme. Me ofendía que Jacobo insinuara que yo estaba interesado en saber si… si eso… por alguno motivo en especial que no era cierto y que… ¡Bueno, es igual!-. Se lo han montado los dos con la novia del primo, que es una guarra de cuidado. ¡Pero guarra de verdad, eh!
-¿Está buena? –le pregunte para intentar equilibrar mis preguntas con respecto de la anterior.
-Sí. Muy bajita para mi gusto, pero está mazo de buena. ¡Unas peras, Nico!
-Joder –exclamé, sintiendo un cosquilleo extraño en el estómago al ver con que énfasis soltaba mi hermano aquellas expresiones-. Venga. Enséñamelo –le pedí.
Dio al botón de reproducir y apareció una chica en una cama. Aquella debía de ser la novia del primo. Una chica pequeñita, menuda, con el pelo a mechas rubias y color chocolate, con una blusa que dejaba su piercing en el ombligo al aire, muy morena de piel, con grandes aros de oro en las orejas, maquillada, y con unos pantalones blancos muy ajustados. Se presentó a la cámara. Se llamaba Bianca.
-Me duelen mogollón los huevos –se acomodó mi hermano el paquete dentro del chándal mientras sostenía la cámara con la otra mano-. He estado empalmado toda la tarde, sobándomela por encima del pantalón, hasta que…
Mi hermano se calló y fue cuando en la pantalla, junto a la cama, aparecían dos tíos. En seguida reconocí al moro, con su sudadera característica de Nike y su gorra de malote de barrio. A su lado, aparecía un tío alto, fuertote, con el pelo medio largo, cuyo flequillo caía sobre su frente, rubio, molestándole en los ojos. Su jersey rosa claro y el cuello de una camisa de cuadros asomando por él me dieron una impresión de pijo redomado que alucinaba.
-¿Hasta que qué? –Insté a que siguiera contándome lo ocurrido-. ¿Te la ha chupado?
-¿La piba? –preguntó-. ¿Qué va? Pero porque no he querido –soltó Harry una carcajada-. Pensaba en Cris y me sentía mazo de mal –comentó con una honestidad y un sentimiento que me habrían enternecido mucho si no hubiera estado ya tan empalmado y cachondo.
-Me he ido al baño y me he hecho una paja. Pero aún así me duelen mazo los huevos. Estoy deseando hacerme otra.
-¿Ahora? –le pregunté, tragando saliva por si le apetecía que nos la hiciéramos juntos. La verdad es que yo estaba bastante a tope y en ese momento me di cuenta de mi saliorrismo.
-No, ahora no –me sonrió con complicidad-. Luego cuando se acuesten papá y mamá.
-Ah, vale.
-Ese es el primo de Harry –me señaló al tipo rubio, que era bastante guapete-. ¿Es guapo, verdad?
-Sí –comenté con la boca pequeña.
-¿Te gusta? –me preguntó.
Le miré con los ojos muy abiertos y el gesto serio, por no decir desafiante.
-¿Por qué debería gustarme? –dije algo cabreado.
-Tú sabrás –se encogió de hombros Jacobo.
-¡Vete a la mierda, Jacobo! –le empujé, a la vez que se habría la puerta y mi madre aparecía de sopetón dispuesta a decirnos algo, pero su cara cambio rápidamente.
-¿Qué hacéis con la videocámara? –arrugó la nariz con su típico tono de sargento criminalista.
-La he cogido para un trabajo de Lengua, mamá –se inventó mi hermano una excusa mientras la apagaba-. Tengo que llevarla mañana a casa de Harry para grabar unas cosas.
-¿Qué cosas? –preguntó ella suspicaz.
-Es un rollo sobre el simbolismo y Rubén Darío.
-¿Poesía? –preguntó mi madre.
-Eso –asintió mi hermano.
-Bueno. Pues entonces mañana la coges de donde estaba –estiró la mano, pidiéndosela-. Ahora guárdala. O mejor, la guardo yo.
-Pero tengo que ver si tiene carga.
-Claro que tiene carga –dijo mi madre-. Siempre la tengo cargada para no quedarnos sin batería cuando llegan los cumpleaños o los eventos –e hizo otro movimiento para que Jacobo se la entregara.
Me miró con gesto de preocupación y yo, intenté transmitirle con la mirada que se la diera. Acto seguido mi madre la cogió y salió con ella de la habitación. Nos levantamos los dos como almas que lleva el diablo y salimos en su búsqueda para cerciorarnos de que la guardaba en su cuarto, pero fuera de eso se fue para el salón. La seguimos a través del pasillo de lo más acojonados por una más que posible pillada. ¡Otra!
-¡Juan! –Llamó mi madre a mi padre, llegando hasta el salón-. ¿Qué es lo último que grabamos con la videocámara?
Mi padre la miró extrañado al verla con la videocámara en la mano.
-¿Para qué quieres la videocámara ahora?
-Yo no la quiero para nada –contestó resuelta-. Tu hijo –señaló a Jacobo-, que quiere usarla para grabar no se qué y no quiero que me borre ningún vídeo.
-Tenía pensando grabarlo en la tarjeta de memoria, no en el mini-DVD –se quejó mi hermano, pero mi madre le ignoró, pendiente de la respuesta de mi padre.
-Pues no sé, cariño –comenzó a hablar éste-. Yo creo que fue en algún cumpleaños, de tu hermana o de tus sobrinos.
-Ya. Pero tengo tres hermanas y la tira de sobrinos. ¿Podrías especificar más?
-Pues sería de tu hermana Elia, que no fue hace mucho, ¿no? –arrugó el morro mi padre, pensándolo sin demasiado afán.
-No lo sé. Voy a verlo –dijo mi madre, abriendo la cámara y encendiéndola.
En aquel momento de desesperación Jacobo y yo comenzamos a hacer aspavientos como locos a espaldas de ella para que mi padre nos mirara, cosa que hizo. Comenzamos a decirle que no mediante gestos, que por favor no dejara que mi madre viese lo que había grabado en la cámara. Pero mi padre, extrañado por eso, fue bastante lento. Unas voces y unas risas restallaron en el pequeño altavoz que tenía la cámara. Mi madre estaba reproduciendo un vídeo. El vídeo de una celebración de cumpleaños.
-Ah, pues sí. Es el cumpleaños de Elia –movió mi madre la cabeza, refiriéndose a nuestra tía Elia, que vivía en Bilbao. Entonces dio al stop, abrió la cámara para sacar el mini-DVD, lo cogió y nos la entregó-. Por si acaso, mira la memoria, que aunque nunca grabamos en ella… Si hay algo lo metéis en el ordenador.
-Vale –dijo mi hermano sin creer su suerte, que esa misma tarde había estado grabando el vídeo porno en casa de Harry en la tarjeta de memoria en vez de en el mini-DVD. Como por arte de magia nos volatilizamos, mientras mi madre le preguntaba a mi padre si nos pasaba algo.
Regresamos a la seguridad del cuarto, cerramos la puerta y respiramos aliviados.
-¡Por qué poco! –solté aliviado.
Pero el alivio duró exactamente eso: poco. Unos nudillos tocaron y mi padre se asomó dentro, entró y cerró la puerta.
-¿Qué habéis hecho? –preguntó curioso.
-Nada –respondí.
-¿Entonces por qué queríais que no dejara que vuestra madre mirara la videocámara? ¿Qué hay? –indicó con la barbilla el aparato que mi hermano mantenía entre sus manos, sentado sobre la cama.
-Es… -dijo Jacobo, intentado escoger buenas palabras-. Es un vídeo que he grabado esta tarde.
-¿Una gamberrada? Porque si es algo para clase no creo que te hubiera importado que lo viera vuestra madre.
-Es más o menos una gamberrada –respondió mi hermano.
-¿Lo has grabado en la memoria? –Jacobo asintió. -¿Y de qué se trata? –continuó mi padre con el interrogatorio.
-Es… es un encargo que me ha pedido que hiciera mi amigo Harry. Tiene un negocio entre manos y quiere ver si puede funcionar.
-¿Y qué es?
-Es un vídeo –dijo Jacobo tontamente.
-Eso ya lo sé, pero…
Entonces le di un codazo en las costillas para que se lo dijera de una vez.
-Harry me pidió la videocámara, pero le dije que no se la podía dejar. Entonces me pidió que fuese yo con ella y que grabara. Y entonces he ido a su casa y he grabado este vídeo que… pues en el que aparecen… pues…
-Es porno –concluí yo-. El primo de Harry y su novia haciendo un trío con el moro que trafica costo en la placita de Santa Eulalia.
La cara de mi padre se quedó pálida, cosa que me hizo gracia.
-Eso suena ilegal –comentó con una voz neutra tras el shock inicial.
-¿El qué? –pregunté-. ¿Lo del moro que vende costo?
-Lo de grabar vídeos de sexo con menores –comentó mi padre-. ¿Tu amigo Harry no lo sabe?
Jacobo se encogió de hombros y después habló.
-El primo de Harry es mayor de edad y la novia también. El moro no sé que edad tiene.
-Es un crío –comentó.
-¿Le conoces? –pregunté suspicaz.
-De vista.
-¿Le conoces porque le compras costo? –bromeé, partido de risa, pero mi padre me mató con la mirada, así que me callé al instante.
-No sé qué voy a hacer con vosotros –se frotó mi padre la cara.
-¡Eh! –me quejé-. A mí no me metas, que ha sido él.
-¿Por qué no podéis ser dos adolescente normales y corrientes?
-Lo somos –dijo Jacobo-, pero estamos salidos, como todos los adolescentes. Además, yo sólo le hacía un favor a un amigo. No he hecho nada malo.
-Eso es verdad –comenté-. Jacobo no ha hecho nada. Sostener la cámara y dar a un botón.
Mi padre soltó un profundo suspiro.
-Está bien. Haced lo que queráis. Pero no os metáis en ningún lío. ¡Y nada de protagonizar vídeos vosotros! ¿Entendido? Conforme están las cosas no es lo más inteligente en los tiempos que corren. Y menos siendo menores.
-Yo no lo soy –apostillé.
-Tú a callar. Voy a ayudar a vuestra madre a preparar la cena –se dispuso a salir del cuarto, pero lo que dijo mi hermano le hizo detenerse.
-¿No quieres verlo? –le dijo-. El Tate y yo íbamos a verlo ahora.
Mi padre se giró y nos miró directamente a los ojos. Un atisbo de duda apareció en su rostro.
-Vuestra madre puede venir en cualquier momento –comentó.
-Disimularemos –esbozó una sonrisa Jacobo de auténtico cabrón. Aquella especie de trastada hizo que mi padre sonriera también.
-Sólo un instante, por favor –pidió mi padre-. No quiero líos con vuestra madre. Siempre dice que me pongo de vuestro lado para estar los tres en contra de ella, si nos pilla…
-Relájate, papá –le pedí, señalándose que se sentara al otro lado de Jacobo. Así lo hizo.
Jacobo encendió la videocámara, la puso en modo reproducción y pasó rápidamente el vídeo hacia delante, en donde la chica aparecía hablando, luego se veía al primo de Harry y al moro acercarse a ella y definitivamente le caían encima. Ahí fue donde mi hermano se detuvo, justo cuando el moro le comía la boca a la chica, le levantaba el top y liberaba sus tetas para zampárselas, mientras el primo sonreía exultante y cachondo.
-¡Me cago en el copón bendito! –soltó mi padre.
-¿A que está buena, eh? –movió mi hermano la cabeza arriba y abajo, contento ante su captura en aquel vídeo-. Menudas peras que tiene, eh, papi.
Mi padre no se movía. Estaba hipnotizado observando a la piba y cómo se la comía el moro mientras el novio le daba instrucciones. Yo, fuera de estar pendiente de la pequeña pantalla de la cámara observaba los perfiles de mi padre y hermano, cuyos ojos titilaban de deseo y cachondez. Después bajé la mirada a sus entrepiernas, que disimulaban muy bien las pollas semierectas que debían ocuparlas en esos instantes.
-Será mejor que cortéis aquí –les dije-. Mamá se va a mosquear por estar tan callados.
Les acababa de joder la fiesta. Mi padre me miró, tragó saliva y se puso en pie. Intentó hacerlo disimuladamente, pero no pudo. Plantó toda su mano en el paquete y se colocó el cipote.
-¿Empalmado? –le preguntó Jacobo.
-Un poco –sonrió él.
-Pues imagínate lo que me dolían a mi los huevos de ver eso.
-¿Has grabado mucho tiempo? –dijo mi padre, expectante y algo ansioso. Curiosamente no había llamado la atención a Jacobo por su mal lenguaje, como solía hacer siempre.
-Ya lo creo –continuó Jacobo con su tono y risa de cabroncete. En ese momento un grito de mi madre llamándonos atravesó toda la casa.
-¿Podré verlo completo? –preguntó mi padre.
-Pues… mañana cuando vuelvas de trabajar… -pensó mi hermano.
-Esta noche, cuando vuestra madre se acueste. Pasadlo al ordenador y lo vemos en la pantalla. Voy a amortizar la inversión que hice en ese cacharro –señaló al PC del escritorio-, que sólo lo utilizáis para dar tiros con el juego ese y a saber para qué más… pero vamos, ya me lo imagino, ya.
Sonreí y también me puse en pie.
Cenamos tranquila y apaciblemente, vimos la tele en el sofá y mi madre, a eso de las once y media, se fue a acostar. Mi padre la acompañó cinco minutos después. Debieron de estar hablando sobre qué tal el día, cómo solían hacer cada noche, pues les oíamos murmurar desde nuestro cuarto. Entonces, pasados unos diez o quince minutos, volvió al salón y nos hizo un gesto con la cabeza para que nos dirigiéramos a nuestra habitación.
-El vídeo dura casi dos horas, papá –comentó Jacobo.
-Pues veremos un resumen –nos guiñó un ojo.
El ordenador estaba encendido y todo preparado. Yo había llevado conmigo una silla del salón, poniéndola alrededor de la mesa del escritorio junto a las otras dos sillas que teníamos en el cuarto. Jacobo se sentó en el centro y mi padre y yo a los lados. Entonces, mi hermano abrió una carpeta con archivos, hizo doble clic y apareció el reproductor de vídeo.
-Quítale el sonido –recordó mi padre.
-Los altavoces están apagados –comenté.
Un silencio sepulcral se hizo entre los tres cuando el vídeo comenzó y Jacobo lo puso directamente en donde lo habíamos dejado antes de cenar, justo cuando el moro se comía a la piba. La acción iba in crescendo, el primo de Harry comenzaba a hacer lo propio también con la chica, que gemía como una loca, la desnudaron, ella les sacó los pantalones dejándoles en gayumbos y cuando ya les sacaba sus dos maravillosas pollas fuera, mi padre, mi hermano y yo teníamos una erección memorable. Tres tiendas de campaña bien hermosas se habían instalado en nuestras entrepiernas.
Ante tanto silencio, la casa callada, aquel vídeo, los tres encerrados a cal y canto en nuestro pequeño cuarto, el calor me empezaba a sofocar. Y a los otros dos también, pues respiraban fuertemente. Les miraba la cara de vez en cuando. Mi padre se humedecía los labios, pues se le quedaban secos. Se comía con la mirada la pantalla del ordenador, con una expresión en su rostro que me causaba estupor. Era algo así como lujuria. ¿Desde cuando habíamos llegado a aquel punto en nuestra relación familiar? Mi padre siempre había estado mucho con nosotros, pero hasta ese punto de estar viendo un vídeo porno casero en nuestra habitación…
-Es muy fuerte –susurró, y se toqueteó el cipote, como si se lo estuviera colocando-. Esa chica. ¡Es una cría!
-Tiene más de dieciocho –puntualizó Jacobo.
-Es igual. Eso que hace es como si tuviera… -mi padre calibró la respuesta-. Treinta y muchos. Jamás pensé qué…
-Es muy puta –dijo mi hermano. Mi padre no añadió nada-. Pero está tremenda. Yo no sé cómo he podido aguantar sin unirme.
Entonces mi padre sí que giró el cuello para mirar a Jacobo.
-¿Unirte? –preguntó.
-Sí, pero he dicho que no, eh. Que yo ahora con Cristina voy en serio y paso de rollos. -Mi padre esbozó una sonrisa como la que yo había esbozado horas antes cuando mi hermano me había contado aquello. –Eso sí. A las pajas no renuncio. Así que, ¿os importa si mientras lo vemos…?
Yo abrí los ojos como platos ante aquella proposición y en seguida miré a mi padre, que giró el cuello para observar la expresión de mi hermano.
-La verdad es que yo irme así a la cama, en estas condiciones –se lamentó mi progenitor, refiriéndose a su erección-. Porque despertar a vuestra madre para que arreglara algo así sería un suicidio –bromeó, tocándose el bultazo que se le marcaba en el pantalón del pijama.
Entonces los dos me miraron a mí, que me sonrojé azorado.
-A mí no me apetece… -respondí.
-¿Pero te molesta? –me preguntó Jacobo.
-No, pero… No me gusta demasiado la idea. Pero yo me siento en la cama y hacéis lo que queráis.
-¿Es porque estoy yo? –preguntó mi padre. No respondí. Sólo bajé los ojos-. Entiendo que te puedas sentir violento, hijo, pero después de las últimas semanas no creo que a estas alturas sea demasiado… grave.
Me encogí de hombros, sin decir nada. Me levanté y me tiré en la litera de abajo, mirando sólo el trozo de pantalla que se podía entrever entre las espaldas de mi padre y mi hermano. Ellos, totalmente desinhibidos, se bajaron los pantalones a medio muslo. No les vi, sólo detecte el movimiento. Entonces, giraron sus cuellos un poco y se miraron las pollas el uno al otro para luego sonreírse.
-Joder, ¡cómo estamos! –comentó Jacobo, refiriéndose al nabo de mi padre, lo que me provocó una cierta punzada de envidia insana, porque sin comerlo ni beberlo acababa de quedarme desplazado en aquella cosa que en un principio habíamos empezado los tres juntos.
-Esa chica… es buena.
-Sí –masticó mi hermano, cuyo brazo oscilaba ya arriba y abajo, masturbándose de buena gana. Lo mismo que mi padre, que echó su rostro hacia atrás para mirarme.
-¿Estás bien, Nico? –me preguntó.
-Todo bien –contesté, aunque no pude evitar que mis palabras sonaran con la mala ostia que se me estaba poniendo por dentro. Mi padre continuó mirándome.
-Venga, hijo. No seas pudoroso. Ven aquí.
-No me apetece –contesté.
Mi padre se volvió de nuevo a mirar la pantalla. No me esperaba que se levantara de la silla, se volviera después hacia mí mientras se volvía a guardar la polla en el pantalón y me dejaba anonadado con la visión de aquel cipote en erección. Debió de notármelo en la cara. Lo peor es que dio unos pasos hacia la cama, se sentó junto a mí, luego se tumbó sobre el colchón y se sacó los pantalones del pijama, quedándose desnudo de cintura para abajo, con todo su pepino apuntándole hacia el ombligo, bien duro y enhiesto. A mí se me había helado la sangre. Jacobo, que se había girado a observarnos, parecía divertido con aquella escena, con su circuncidado rabo asomándole por la goma del bóxer.
-Vamos. No creo que sea algo poco ético. Sólo nos vamos a masturbar. Creo que ya sois mayores y es algo natural hacerlo. Es más. Antes no lo veía así, pero gracias a vosotros y a vuestras trastadas he cambiado mi forma de enfocarlo.
-Ya. Pero esto… -manifesté con la voz atragantada, sin poder retirar mis pupilas del venoso y moreno tronco del nabazo de mi padre.
-No seas bobo, Nico –me dijo Jacobo-. Para una vez que ocurre algo divertido en esta casa…
Entonces mi hermano se levantó enérgicamente y con toda su determinación se acercó a la cama, estiró sus manos y estas se asieron al desnudo rabo de mi padre y a mi embutido y empalmado pene. Ante aquello di un respingo de sorpresa y se me escapó un leve gemido.
Instintivamente, mi padre me tapó la boca, para que no hiciera ruidos y despertara a mi madre. La cosa es que le miré con ojos de cordero degollado, mientras mi hermano apretaba más con su férrea mano mi paquete. Yo gemí de nuevo, ahogando el sonido la callosa palma de la mano de mi progenitor.
-¿Seguimos? –me preguntó. De modo que, totalmente rendido, asentí con la cabeza.
Mi padre me retiró lentamente la mano de la boca. Miré a Jacobo, que nos soltó los rabos a los dos. Estaba de pie junto a la litera. Entonces, una nueva cosa sucedió, helándome la sangre, pues mi padre, con una media y extraña sonrisa, estrujó entre su mano el duro nabo de mi hermano, cosa que me hizo estremecer.
-¡Joooder! –resopló éste al sentir aquello. A nuestro propio padre sujetándole la polla.
Mi cipote estaba que no podía más e intentaba escapar de la goma del calzoncillos. Visto lo visto, decidí liberar y mostrarla en toda su plenitud. Así lo hice. Mi padre, al verlo, sonrió.
-La cama es pequeña para los tres. ¿Volvemos a las sillas y terminamos de ver lo que hace esa guarra? –se refirió a la novia del primo de Harry.
-Mejor nos sentamos en el suelo –señaló Jacobo con la barbilla la pequeña alfombra que teníamos a los pies de la litera-. Podemos apoyar la espalda en la cama.
Mi padre estuvo de acuerdo y yo simplemente acaté lo que proponían. Nos sentamos los tres de aquella forma, vestidos sólo con las camisetas del pijama y los calcetines, con las piernas estiradas, muslo contra muslo, los rabos enhiestos y el calor fundiendo nuestra carne. Un aroma especial a hombre y sexo en combustión había invadido el caldeado ambiente, y allí estábamos los tres. Dos hermanos y un padre a punto de compartir uno de los actos más íntimos de cada uno.
El cantimpalo que mi padre ostentaba entre las piernas destacaba con claridad respecto a nuestros penes, pero las medidas eran lo de menos. Lo importante fue la forma en que nuestras manos subían y bajaban alrededor de sus troncos, masturbándonos, mirando alternativamente nuestras pollas, nuestros rostros cachondos, la pantalla del ordenador en donde aquella puta comenzaba a ser penetrada por el moro, que tenía un culo tremendo, lo mismo que el pálido trasero del primo de Harry, aquel pijo con melenita que tenía un trabuco gordo y venoso como un buen calabacín.
Mi padre soltaba jadeos, Jacobo también, yo incluso, mientras mi progenitor me pasaba un brazo (el izquierdo) por encima del hombro y me pegaba a sus costillas, en donde podía sentir más el calor que desprendía su piel. Giró la cabeza y me susurró al oído, rozándome con su nariz en la oreja, cosquilleando allí con su bigote, lo que me hizo estremecer.
-¿Seguro que estás bien, hijo? –me preguntó.
Le miré y asentí, sin soltar mi pene un segundo. A cambio de mi respuesta afirmativa, él me plantó un lento y parsimonioso beso en la sien. Después hizo lo mismo con Jacobo. Para ello soltó su rabo y pasó su otro brazo sobre los hombros de mi hermano. El cipote de mi padre quedó libre, pero por poco tiempo. Un despabilado Jacobo lo agarró sin prejuicio alguno y comenzó a masturbarlo.
-Puedo hacerlo yo sólo –comentó mi padre divertido.
-Pero así es más cachondo –respondió mi hermano con picardía.
Al ver aquello, mi cuerpo tembló de una forma indescriptible. Un temblor que nunca antes había experimentado me sacudió y me hacía tiritar y bailar de puro nervio. Tanto mi hermano como mi padre se percataron de eso. ¿Qué me ocurría? Asustado, me puse en pie, me sujeté el cuerpo, cruzando mis brazos sobre mi pecho. Pero no podía dejar de temblar.
-No puedo dejar de temblar –lloriqueé en un susurro.
Mi hermano y mi padre se pusieron en pie, y mi padre se acercó, intentado asirme para que dejara de temblar.
-Tranquilízate –me pidió-. Estás muy nervioso –intentó calmarme, pero era imposible.
-¿Pero qué te pasa? –preguntó Jacobo, todavía con su polla erecta, cabeceando en el aire.
-No lo sé –gimoteé, preocupado-. No. Me he puesto muy nervioso. Ha sido demasiado. Yo no sé si esto…
-Está bien –dijo mi padre- Túmbate en la cama, anda.
Le hice caso. Me tumbé en la litera de mi hermano. Ellos se encargaron de meterme el calzoncillo y el pantalón por los tobillos y yo tiré hacia arriba de ellos para vestirme. Lentamente el tembleque remitía.
-¿Mejor? –preguntó mi padre, también con su pijama recompuesto y vestido.
-Sí. Lo siento –me disculpé ante tal cortarrollos. Pero el caso es que aquello me había superado.
-No es nada, hijo. No tienes que pedir disculpas. Quizás esto es demasiado…
-No lo es –atajé rápidamente-. Pero quizás otro día… sin mamá pudiendo entrar en cualquier momento… No me esperaba que…
Mi padre esbozó una sonrisa. Mi hermano acababa de ponerse el pijama también y de detener el vídeo.
-Me he puesto muy nervioso porque es algo que no…-intenté explicar.
-¿Demasiado intenso? –preguntó mi hermano, más acostumbrado a aquel tipo de jueguecitos con sus amiguetes.
-Sí –sisee.
-Bueno. Pues ya surgirá otra ocasión. No es algo… no es algo que haya que buscar –comentó mi padre, pensando en su propio cinismo al decir aquello en comparación con lo que había hecho aquella misma tarde en los sótanos, buscando a Cachu hasta tenerlo partido por la mitad, ensartándole su grueso nabo hasta las entrañas del adolescente-. Es algo espontáneo y natural.
-¿Ya se te ha bajado la erección? –le preguntó mi hermano, llamando su atención.
-Sí –le contestó mi padre, que sin tapujo alguno tiró hacia debajo de la cintura del pantalón del pijama, se sacó su nabo fláccido, nos lo mostró y lo meneó en el aire con tan poco pudor y vergüenza que supe que algo extraño le había ocurrido a aquel cuarentón afable del que llevábamos la misma sangre.
Aquella noche comencé a creer por primera vez en todas aquellas historias de Mulder, Scally, los secuestros de humanos por parte de los extraterrestres y los Expedientes X. Mi padre… Mi visión de él había cambiado radicalmente. Mi visión de él estaba mucho más completa y a la par… descuadrada. Descuadrada porque aún no había hecho espacio suficiente en mi mente para aquel gordo y moreno cipotazo que ostentaba mi progenitor entre las piernas y que ya, repuesto del tembleque, me moría de ganas de estrujar entre mis dedos como bien había hecho mi hermano Jacobo.
Cuando mi padre volvió a su cuarto y nosotros apagamos la luz, ya había decidido dormir en la cama de mi hermano. Él se subiría a la mía. Entonces, no pude evitar lanzarle a Jacobo aquella cuestión: "¿La polla de papá parece super dura y super gorda, no?".
Mi hermano contestó de lo más tranquilo: "Cuanto la tengas entre tus manos y la sientas palpitar de dura, ¡Lo vas a flipar!".
Por luisfo
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2 comentarios:
Hey Luisfo muy buenos tus relatos... Soy un seguidor de esta historia desde hace mucho... pero en la pagina donde solia leerlos ya no esta. podrias komunicarte conmigo y ver si puedo seguir disfrutando de tu relato? por favor... mazzinijose@hotmail.com hablame si? Estare esperando. Jose
Si LuisFo concuerdo con Joseph esta increible tu/s historias y quiero continuar con esta porfa dejeme continuar disfrutando "Recogiendo el Cuarto de Papá". Mi email es casshansins@gmail.es
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