Te desperté lamiéndote el coñito a las 6,30 de la mañana, como todos los días, porque tenemos un despertador con unos pequeños auriculares con los que yo duermo abrazado a ti, para que al sonar sólo lo oiga yo, sólo me despierte yo, y pueda así sorprenderte despertándote lamiéndote el coñito, si amaneces boca arriba. O lamiéndote el culo, si amaneces boca abajo. Y cuando conseguí que te despertaras, me relamí con los jugos mañaneros de tu primer orgasmo del día sobre mi cara y tú me diste un tierno beso.

- Buenos días, mi pricesita yoli –me dijiste sonriéndome

Y yo ya supe lo que tenía que hacer, por lo que me levante, me puse las bragas que tú desechas por usadas y que siempre llevo tanto para estar por casa como para salir a la calle debajo del pantalón y me dirigí a la cocina para prepararte el desayuno y llevártelo a la cama. Me costaba trabajo llevar el cinturón de castidad CB-3000 debajo de las bragas porque asomaban, pero con la práctica iba cogiendo experiencia.

Y mientras tú desayunabas yo me dediqué a sacar tu ropa de los armarios, la ropa que ibas a lucir esa mañana para ir a trabajar porque tú eres la que trabajas, mientras que yo soy el "amo de casa" y me dedico a las tareas domésticas y la compra. Es lo lógico, lo justo y cabal. Pero mientras lo hacía oí que me llamabas y acudí en el acto a tu lado, arrodillándome al lado de la cama para saber que querías.

- Lleva las manos a la espalda –me dijiste.

Y yo ya supe que me venían algunas hostias dadas por ti con severidad y estricta disciplina, aunque no supiera por qué. Porque tú puede castigarme porque sí, porque te da la gana, porque le apetece o se le encapricha sin tener que darme explicación alguna y aunque haya sido muy bueno y la haya hecho muy feliz. De hecho, a veces me castigas cuando mejor me porto para hacerme ver que tu poder sobre mí es total.

Y además todos los días me das 12 correazos o latigazos en el culo, pase lo que pase y ocurra lo que ocurra, para mantenerme despierto, atento y recordarme cuál es mi situación de sumiso cornudo, de perra cornuda y de princesita yoli. Para demostrarme cuál es tu poder sobre mí. Y sin tener que justificarte y es un derecho tuyo que tenemos en el contrato de cornudo sumiso que firmamos. Si a ti se te olvidara darme estos azotes fijos, y diario, pase lo que pase, el contrato podría quedar disuelto y sin valor.

Pero no se le olvida y más tarde o más temprano, me los da siempre. Pero esta vez eran bofetadas por capricho, sin necesidad, porque sí, porque te apetecía. Yo jamás te pregunto por qué me castigas o por qué me ibas a dar esas bofetadas porque sé que ese es tu derecho y no tienes que justificarlo.

Así que puse las manos en mi espalda y me diste cuatro hostias que me voltearon la cara, con una pausa entre ellas para que yo te besara la mano tras cada guantazo, te diera las gracias y te dijera que te amaba. Así cuatro veces. Y cuando me diste la última me volviiste a ofrecer la mano, te la besé, te di las gracias, te dije que te quería y tú me contestaste que también me amabas y me diste un tierno beso en los labios.

- Te quiero mucho, mi princesita.

Y me diste otro tierno beso tierno, porque los apasionados y fogosos los dejas para tu amante fijo; un negro que se llama Abel, de tu edad, con una gran polla y con el que sulees follar los martes porque te vuelve loca en la cama, mientras yo os observo y disfruto al verte a gozar y ser feliz. Tienes un amante fijo con el que me pones los cuernos, porque tú no eres una puta y no folla scon todos o con muchos. Eso me dijiste al principio de nuestra relación.

He de advertir que yo jamás he follado con ella. Nunca. Siempre he sido consciente de que su coño es sagrado para mí, mi altar mayor y meter mi polla en él lo profanaría. Ella me dijo que a lo mejor cada tres meses hacíamos el amor, pero ella no ha vuelto a decir nada de eso y yo no sé lo he preguntado, por loq eu sigo sin follar con ella. Me siento además dichoso de no haberlo hecho, de no haber profanado su coño al meter ahí mi polla y de que siga siendo sagrado para mí. Inaccesible, sagrado, como un santuario en el que no soy digno de entrar.

Me mantengo además en castidad con el cinturón CB-300 que ella me pone y me quita a su capricho, y sobre todo el día de mi ordeño. Cada 15 días aproximadamente me ordeña con una masturbación prostática porque como no es bueno que las pelotas estén llenas de semen mucho tiempo (no lo recomiendan los médicos), cada 15 días ella me pone a cuatro patas, coloca un tazón bajo mi pito (yo tengo pito y los demás hombres polla), y se pone un guante y me mete un dedo en el culo para presionar hacia abajo, hacia la próstata y conseguir así una eyaculación que no tiene orgasmo.

Así me vacía y yo sigo excitado y sin haber gozado, pese a que me he corrido, para mantenerme en permanente estado de sumisión porque es sabido que el hombre tras el orgasmo pierde interés por la mujer y deja de desearla. Al correrme sin orgasmo, consigue vaciarme las pelotas, pero yo sigo encadenado a ella por un deseo insatisfecho que me hace más sumiso porque es constante, incondicional y sin pausa ni interrupción alguna. Así consigue que la desee las 24 horas.

Otra forma de satisfacerme (así fue la última vez), es por medio de la la puta maricona micro pito de 8 cm y marido cornudo consentido de AMA LAURA. Mi Ama María me dijo que hasta que nos casáramos la única mujer que me daría placer sería ella, la puta cornuda de noelia, y así ha sido. Cuando vienen de visita y mi Ama quiere satisfacerme, vaciarme las pelotas llenas de semen, y no tienes ganas de la masturbación prostática, me permite que disfrute del marido cornudo, de noelia, la puta maricona micropito de 8 cm, que me da placer con su boca, me lame los huevos, me los besa, me chupa la polla y cuando mi Ama me lo autoriza, me levanto y me follo su boca, corriéndome en ella. Esta es la única mujer que he conocido hasta ahora y me imagino que será la única el resto de mi vida, porque aunque yo soy sumiso de mi Ama, noelia es mi sumisa y para él soy su Ama Yoli. Es un tío femenizado con el que me está permitido gozar.

He de advertir que debido a que le llevo muchos años de diferencia a mi a¡Ama María, dentro de poco no necesitaremos el cinturón de castidad porque ya no se me podrá empinar, aunque eso a ella le dará igual porque nunca he follado con ella, ya digo, y probablemente nunca lo haga. Es probable que me muera sin haber follado con ella, pero no me importa. Mi placer es ser su sumiso. y seguiremos igual que ahora, pero ella tendrá aún más motivos para ponerme los cuernos y quizás ya no haga falta el cinturón de castidad para que no podré masturbarme y correrme. Será todo aún más fácil conforme me vaya haciendo más viejo y más impotente.

Tampoco puedo tocarle jamás los pechos. Ella suele ir por casa con ellos al aire para que se los vea, pero es mi fruto prohibido, no puedo tocarlos, ni besarlos. Nunca. Si alguna vez la veo tan excitante y atractiva que me abalanzo sobre ellos para darles un beso en los pezones, ella me deja, pero al rato me aparta, me dice que ponga las manos en la espalda y yo ya sé que me vienen las hostias.

Y recibo automáticamente cuatro hostias en mi cara que me la voltean. Primero me da una y le digo que la amo, luego otro y le doy las gracias, luego otra y le digo que la amo y luego la última y le doy las gracias. Y luego, después del castigo, le beso la mano con la que me ha abofeteado y ella me besa en los labios con ternura y me dice que me quiere. Siempre que em castiga, dura y severa, me trata luego con mimo y ternura y me dice que me quiere. Siempre.

Porque sus tetas son mi fruto prohibido, no puedo tocarlas, besarlas ni rozarlas, aunque su amante, por supuesto, puede chuparlas, besarlas, mamarlas y acariciarloa todo lo que quiera. De hecho ella le dice muy a menudo y delante de mí, que lo haga para que vea que lo que para mí está prohibido, es mi fruto prohibido, para otros machos es accesible.

Eso me hace sentirme más sumiso y desearla más porque está por casa siempre con los pechos al aire para que la desee y la vea allí altiva en su majestad, sin poder alcanzarla Eso me hace ser más sumiso y desearla más aún. Aunque a veces, cuando cuando deseo que me castigue, que me pegue, me acerco a ella de rodillas si está sentada y se los beso y chupo, aunque ya sepa lo que me espera. Ella me deja un rato que disfrute mientras me anuncia el castigo que voy a recibir por ello en cuanto termine. Generalmente son unas cuantas hostias que me voltean la cara, ya digo, pero también pueden ser correazos en mi culo de puta perra cornuda.

Pero me he distraído al contar este día y vuelvo a la habitación de mi Ama María donde después de recibir sus cuatro hostias "porque sí", "porque puedo hacerlo y ese es mi poder", según me recordó, volví a seguir preparándole la ropa y los utensilios que usa para la ducha. Yo la ayudo a ducharse, de hecho la lavo con mis manos procurando no tocar sus pechos, y eso me hace excitarme y desearla más al acariciar su cuerpo con el jabón.

Algunos días y si tiene ganas, me ducho con ella, pero no para lavarme a su lado, sino para arrodillarme y beber su adorada orina que ella tiene a bien vaciar en mi boca en una lluvia dorada que me trago casi enterita. Y luego la seco, aunque los sobacos se los he de secar con mi lengua y a veces incluso también se los seco con ella, aunque no se haya duchado, si le apetece. Sus sobacos y su culo con las partes de su cuerpo en las que puedo meter la lengua siempre que quiera y sin necesitar su permiso. Puedo lamerle el culo y los sobacos cuando me apetezca, si a ella le apetece, claro, pero sin pedirle permiso.

Después de secarla con la tolla y la lengua, se va a desayunar lo que ya le he preparado, mientras yo permanezco a su lado y la veo comer. Y luego se le levanta, se sienta en nuestra cama y le seco el pelo, la ayudo en su maquillaje y a vestirse, a colocarse las prendas que ella me ha dicho la noche anterior que le prepare, en especial si luce botas de cuero porque entonces sí que la ayudo a ponérselas.

Como medida de gracia ella me deja que le elija la ropa interior que se pone cada día, y eso me emociona porque me encanta la lencería y verla con ella puesta. Siempre lleva tangas preciosos que resaltan su cuerpo y su culo respingón, porque es alta, tanto como yo pues mide 1,85 (yo mido 1,82) y tiene un tipazo de una modelo de alta costura.

Luego se marcha al trabajo en el que entra a las 8 de la mañana y yo la despido de rodillas en la puerta con un tierno beso que ella me da, si quiere, o besándole las manos para desearle que tenga un buen día.

- Hoy viene mi madre, así que prepárate.

Cuando viene su madre a casa es un día especial porque mi suegra sabe de nuestra relación, de nuestro estilo de vida de dominación femenina y de los cuernos que me pone. Al principio se extrañó cuando lo supo, pero su madre es tan inteligente como ella y comprende que nuestro estilo de vida es una decisión mutua que nos hace a los dos felices.

- Y yo sólo quiero ver feliz a mi hija –me dijo un día mi suegra.

Así que me apliqué en limpiar la casa por todos los rincones para dejarla bien limpia y que mi suegra se sintiera orgullosa de mí, de su yerno cornudo.

- Qué suerte tienes, hija –le dijo un día-. Tienes marido, criada y un hombre que te consiente y te permite gozar con otros.

Y yo sonreía porque me sentía orgulloso de ser ese hombre. He de reconocer que al saberl nuestro tipo de relación, su madre es para mí también como un Ama, es decir, que tengo que tratarla con la misma devoción y respeto que a la hija, por lo que a ella la llamo de usted (aunque esa casi de mi edad) y me comporto con ella muy sumiso trayendo todo lo que me pide o obedeciendo sus órdenes cuando lo considera oportuno. A veces pasa el dedo por un mueble y ve polvo y se lo dice a su hija para que me castigue. Pero es una mujer muy simpática y dulce que me trata de maravilla y que me comprende y nos comprende. Y me quiere.

Así que me dispuse a limpiar la casa, a lavarle a ella sus prendas de ropa interior de rodillas en el bidé y a prepararlo todo para cuando viniera su madre.

Su madre ha venido antes que ella y cuando ha entrados se ha sentado en el sofá y yo le he traído un refresco que me pedido. Su madre me quiere mucho porque dice que hago muy feliz a su hija, que nunca la había visto tan feliz desde que rompió con aquel novio desdichado que la engañó. Y yo le doy las gracias por la confianza, aunque cuando me pregunta cuánto tiempo hace que no... me pongo rojo. Porque sé que ella sabe que nunca lo hemos hecho, que ella nunca ha follado conmigo porque aunque al conocernos me dijo que lo haríamos cada tres meses, ella no ha vuelto a decirme nada y yo no se lo he recordado. Y además no me hace falta. Y mi suegra lo sabe.

- Disfrutas más viéndola a ella gozar, ¿verdad?

- Sí, señora

- Eres un buen marido cornudo, no hay duda y me consta que mi hija te quiere mucho y te respeta, pese a vuestro estilo de vida. Si yo hubiera podido, encontrar un hombre como tú me hubiera casado con él sin dudar, porque lo tuyo es amor de verdad. Amor total y absoluto.

- Sí, señora, es cierto.

Porque es cierto de verdad, pues lo que siento por mi Ama María es devoción y mi placer es un placer místico que es más profundo incluso que el vulgar orgasmo pues me lleva a la "zona de sumisión" en la que eres feliz y sientes mucho placer aunque no folles y estés en castidad. Es el "subespacio de la sumisión" que se le llama en la técnica D/s, en el que sientes un placer muy fuerte con el sólo hecho de estar en castidad y en sumisión por la mujer que amas.

- Eres como los monjes de clausura que sienten placer encerrándose para alabar a su Dios, en este caso, tu Diosa es mi hija.

- Sí, señora.

- ¿Cuándo ha sido la última vez que te ha puesto los cuernos?

- El martes, señora.

- ¿Y gozaste?

- Mucho, sobre todo el verla correrse como una loca en los brazos de otro, de un negro, que además es más humillante.

- Eres un buen muchacho y un buen marido.

- Gracias, señora.

- Ven que te ponga bien las bragas, porque el tanga es tan pequeño que se te sale la polla.

Y me arregló mi braguita con mucho cariño y me dijo que fuera por el delantalito de doncella francesa. Un minúsculo delantal que me pongo para hacer las tareas domésticas o cuando viene alguna visita de confianza, y que apenas tapa la braga y deja el culo libre. Y me lo puso y arregló para que me quedara mono.

- Eres un buen yerno y sé que quieres mucho a mi hija.

- Sí, señora, la amo con toda mi alma.

- Lo sé, cornudo, lo sé.

Y cuando terminó de arreglarme la braguita y el delantal, le besé las manos para darle las gracias por haber parido una hija como la suya que me hacía muy feliz siendo estricta, severa, pero cariñosa y tierna, muy cariñosa, porque me dominaba con ternura y cariño, y no necesitaba levantar la voz, ni chillar. Sabía hacerse obedecer sin levantar la voz, como las buenas amas, y todo me lo decía con suavidad y cariño. Era imposible no obedecerla.

Y así estuvimos, charlando de nuestras cosas, hasta que a las 4 llegó su hija. Ella sale a las 3,30, pero llega sobre esa hora. Y esa hora más o menos llego su hija, mi Ama María, a la que recibí en la puerta de rodillas para besarle las manos. Sólo le besé las manos porque estaba su madre, porque cuando estamos solos y viene de la calle, sé que tengo que lamerle el coño o el culo, según ella me diga. A veces en la misma puerta se baja las bragas y me lo ofrece para que se lo lama y se relaje así del estrés del trabajo. Otras veces se sienta en el sofá de la salita donde le quito los zapatos y le lamo los muslos y el coño para relajarla, para quitarle el estrés del trabajo y que se descanse.

Y descansa porque casi siempre se corre sobre mi cara y yo le lamo los jugos de su coño con avaricia. A veces noto como si aparte de los jugos de ella hubiera algo más, el semen de algún tío, pero sé que no es así porque ella me lo habría dicho y además sólo folla con uno ,. con su amante Abel, porque ella siempre me ha recordado que no es una puta.

Pero si le saliera un ligue en el trabajo o en la calle y follara con él, me lo diría porque tenemos tanta confianza que no me oculta nada. Y además le gusta contármelo todo, si hay algún chico que le gusta, si se excita con algún otro del trabajo o si ha follado con alguno en un polvo rápido, en un rollo de una noche. Pero no suele ser el caso porque me es fiel y sólo folla con Abel que viene todos los martes. Pero puede hacerlo.

Mi Ama María ya viene comida pues lo hace en el trabajo, por lo que como yo también he comido antes de que ella venga, la acompañé al dormitorio detrás de su madre y allí, delante de mi suegra, le quité los preciosos zapatos, la falta, la blusa y toda la ropa que llevaba y la acompañé a la ducha donde la volví a duchar, secar y llevar en brazos al dormitorio donde se puso un picardías muy sexy de los muchos que tiene y que suele usar por casa para que al verla, me tenga siempre excitado y en ardiente deseo por ella. "Quiero que tu deseo por mí sea constante, continuo y que no para nunca", me dijo un día. Y lo consigue porque entre la castidad y sus ropas tan sexys estoy todo el día excitado y deseándola.

Siempre se deja los pechos al aire para que pueda desearlos y caer en el pecado, en besar o lamer mi fruta prohibida, pero como estaba su madre no se bajó la parte de arriba como hace siempre para provocarme. Y les preparé el café y se pusieron a hablar de sus cosas. Luego se fueron de compras y yo tuve que seguir con la limpieza de su ropa interior, arreglando la casa y poniéndome la ropa de calle para hacer la compra, aunque por debajo del pantolón llevaba las brgas que ella ya no usa proque siempre he de llevarlas pues cuando empezamos a vivir juntos ella tiró mis calzoncillos a la basura y me dijo que si volvía a sorprenderme sin bragas, me castigaría con el mayor de los castigos que se le ocurriera por falta muy grave.

- Jamás volverás a llevar calzoncillos de hombre y siempre, siempre, llevarás bragas, como mi putita sumisa que eres. Las llevarás incluso en la mortaja, para que te entierren con ellas.

Todavía recordaba estas palabras que me dijo muy seria cuando bajaba al súper con mis bragas, para comprar las provisiones que ella me había dejado escritas en una nota, junto al dinero, porque he de aclarar que aunque tenemos separación de bienes, es ella la que maneja el dinero, la que administra la casa y la que tiene la titularidad de todos los recibos.

El teléfono, el agua, el alcantarillado y todo lo demás está a su nombre porque ella es el "hombre de la casa" y yo la putita sumisa. Yo no tengo recursos porque no trabajo, cobro una pequeña pensión por accidente laboral que ella administra y cuando necesito algo, algún dinero o ropa, es ella la que me lo compra y administra. Yo nunca dispongo ni de un euro.

Volvieron tarde, por la noche, porque mi Ama María se quedó de copas con unas amigas. Me llamó y me lo dijo para avisarme, siempre lo hace, y que no la esperara despierto. Se había encontrado con unas amigos y amigos y se iba de juerga con ellos. "Te quiero", me dijo al despedirse. Y yo le preparé la cama y le alisé las sábanas, para cuando volviera, por si venía acompañada, y me quedé viendo la televisión y navegando por Internet, buscandole pollas gordas grandes que a ella le gustan o redactando este diario para publicarlo al día siguiente, como es mi deber y mi placer.

Y cuando regresó la recibí en la puerta, se bajó las bragas y me ofreció su coño para que se lo lamiera.

- Hoy te lo traigo mojado porque me han presentado a un macho que está muy bueno y al hablar con él me he mojado.

Y era cierto: lo traía mojado, oliendo a hembra excitada ante un macho y con los jugos mojándole la braguita que yo lamí y relamí hasta dejárselo bien limpio y seco.

- Pero no te preocupes porque no he follado con él. No soy una mujer fácil, ni para ti ni para nadie. Conmigo no folla todo el mundo y soy muy selecta.

- Lo sé, mi Ama, una Diosa como tú no folla con cualquiera. Eso es un privilegio que muy pocos conocen.

Y me dio un tierno beso en los labios y me dijo que me quería. Esa noche dormí abrazado a ella por detrás y sin el cinturón de castidad. A lo cucharita, porque quería premiarme porque le había dicho su madre que me había portado muy bien con ella. Y pude pasar parte de la noche oliendo su pelo, sintiendo mi pito pegado a su culo y procurando no moverme para no despertarla, pese a mi evidente estado de excitación al estar con mi pito pegado a su culo y oliendo el olor de su pelo.

Y le susurré al oído que la quería, que la amaba, que era el sentido de mi vida porque sin ella nada lo tenía y me quedaba vacío pues yo había vuelto a nacer al conocerla a ella y tenía una nueva vida dedicado a ella, en la que era inmensamente feliz. Ella me había dado una nueva vida de dicha y felicidad y por eso era suyo, porque era obra suya.

- Lo sé, cornudo mío. Lo sé. Yo también te amo

Y me quedé durmiendo dándole las gracias a Dios por haberme dado una mujer como ella.

sumis
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Cogí su mano sin demora y empezamos a andar hacia su dormitorio. Era algo morboso estar junto a mi madre y dirigiéndome con ella irremediablemente hacia la lujuria con la polla empinada, viendo sus tetas moverse de un lado a otro y sabiendo que sus pies estaban pringados del semen que acababa de arrojar. Yo era en aquel momento el dueño de su amplio culo, de sus grandes pechos, de sus generosos muslos blancos y, sobre todo, de su negra entrepierna, donde ya había introducido mi virilidad, marcando así mi territorio y ofreciéndole humildemente mis favores.

Al llegar a su dormitorio, mamá se sentó en una silla que tenía frente a la cama y cruzó las piernas de forma sexi, moviendo los pies de forma que el conjunto que formaban con sus sandalias resultara sugerente. Desde luego, si lo que pretendía era calentarme aún más, lo logró con creces, porque se me empinó aún más; tanto, que pensé que no podría contenerme y que me abalanzaría sobre ella para poseerla como un animal. Me pregunto ahora si no era eso precisamente lo que pretendía... Yo, desde luego, me quedé allí mirándola sin hacer nada hasta que volvió a poner los pies en el suelo y pude apreciar bien cómo mi esperma blancuzco brillaba entre sus dedos y junto a las tiras del empeine y cómo se alternaba con el morado oscuro de la pintura. ¡Santo cielo!, ¿cómo podía una cuarentona tener aquellos pies de adolescente cachonda e inexperta?

Mamá se quedó mirándome un poco mientras yo observaba atentamente también sus tetas, que eran ya colgonas, pero de una forma agradable. Era evidente que a ella le atraía mi cuerpo delgado, aún no de hombre totalmente, pero desde luego ya no de niño. Mi rabo destacaba mucho, siendo más grande de lo que correspondía a un cuerpo como el mío, y mamá no dejaba de analizarlo con sus ojos brillantes, admirando lo empinado que estaba y recordando el placer que le había dado minutos antes. Sabía muy bien que ahora le pertenecía y estoy seguro de que se complacía en pensar que su coño húmedo y hambriento iba a ser el receptor de mi furia viril adolescente.

-Ahora eres tú quien me come con los ojos, ¿verdad? -le pregunté.

Mamá salió de sus ensoñaciones y sonrió sonrojada.

-Sí, no me puedo creer que esto esté pasando -dijo.

-¿Te arrepientes?

-¡No!, ni mucho menos, cariño. Es sólo que se han unido varias cosas que deseaba en una sola. Yo llevaba demasiado tiempo sin sexo, había siempre deseado que me lo hiciera un chico bien dotado y encima me gustabas tú mucho aunque fuera tu propia madre. Y ya ves... aquí estamos los dos.

-Tú siempre me has puesto muy cachondo, mamá. A veces creo que lo hacías a propósito...

-Es que era a propósito -reconoció riéndose-. Me encantaba pensar que te las hormonas se te volvían locas por dentro y que te hervía la sangre de deseo. Sabía lo dura que te la ponía y no te puedes imaginar la de veces que he tenido que masturbarme para enfriarme...

¡Joder!, mi madre había hecho todo aquello... Yo alucinaba escuchándola.

-¿Sorprendido? -me preguntó-. ¿A que no te esperabas que tu propia madre se metiera dedos pensando en ti y fantaseando con tu cuerpo?

-No... desde luego que no... Pero, ¿desde cuándo lo haces?

-Desde un año antes de separarme de tu padre, desde que tenías quince años y te pusiste tan guapo. ¿Recuerdas aquella vez que entré en el baño por equivocación y te vi desnudo con dieciséis años?

Moví la cabeza afirmativamente. Recordaba muy bien aquel día y la vergüenza que pasé.

-Pues aquélla fue la gota que colmó el vaso. Noche tras noche durante semanas no dejé de masturbarme pensando en tu cuerpo y en dejarte meterte entre mis piernas. Estuve a punto en varias ocasiones de liarme con tipos por la noche, pero todos me parecían babosos y patéticos a tu lado, ¿comprendes?

-Lo entiendo muy bien porque yo también me he masturbado pensando en ti, en tus tetas y en tu culo. Estaba deseando podértela meter y me la meneaba dos y tres veces al día... -dije.

-Mi cielo, eso ya no vas a tener que hacerlo más. Ahora tienes a tu madre para quedarte bien a gusto cada vez que se te empine. Mis tetas y mi chocho son tuyos ahora...

Mamá se puso de pie entonces y yo me acerqué a ella despacio. Nuestros cuerpo entraron en contacto primero por la boca, porque nos fundimos en un beso húmedo y profundo, y luego por el pecho y por abajo, porque mi erección golpeó su vello púbico. Nuestras lenguas se entrelazaban mientras sobábamos nuestros cuerpos con las manos, torpemente a veces y con destreza otras. Mamá movía sus caderas hacia delante para que mi polla hiciera mayor presión contra su vulva. Aquello nos estaba poniendo tan increíblemente calientes que nos tiramos sobre la cama y seguimos morreándonos y magreándonos.

De esa forma estuvimos un buen rato. Mamá acabó masturbándome despacio y yo pasando dos dedos por su raja y luego metiéndolos asombrado de lo fácil que era gracias a su lubricación. A ella le encantaba que le acariciara el coño y que le metiera aquellos dos dedos, así que no paré durante varios minutos hasta que se corrió, sobre todo gracias a la atención especial que presté a su clítoris. Mamá se sentó entonces sobre la cama con las piernas flexionadas delante del resto de su cuerpo y sus pies sexis, aún con las sandalias puestas, junto a mí. Yo me senté también, aunque con las piernas cruzadas como los indios y la espalda apoyada en el cabecero de la cama. Mi rabo seguía completamente erguido.

-Eres guapísimo, cielo -me dijo mamá mirándome con ternura.

Yo sonreí, aunque seguía confuso por todo lo que estaba sucediendo.

-Ahora te voy a hacer otra cosa que te va a gustar... -dijo mamá después.

Se puso de rodillas en la cama y avanzó a cuatro patas hacia mí, dejando que sus tetas se balancearan de lado a lado mientras lo hacía. Luego, acercó la cara a mi pecho y me dio un beso en él. Lentamente, recorrió mi abdomen dándome pequeños besos hasta llegar a mi vello púbico, donde levantó la cara. Entonces sucedió algo que ni en mis fantasias más atrevidas hubiera imaginado... mi madre se puso a chupármela. Comenzó rodeando con sus labios mi bálano reluciente y enrojecido, saboreando despacio los líquidos previos a la eyaculación que había segregado. Luego, con la delicadeza que sólo una madre puede tener con su hijo, bajó más hasta meterse la mitad de mi miembro en la boca. Después, mientras yo sentía el suave roce de sus tetas en los muslos, empezó a subir y a bajar la cabeza lentamente, con un esmero admirable. Las sensaciones de aquellos momentos eran indescriptibles y aún lo siguen siendo, ¿o es que se puede describir lo que se siente al tener a alguien sexi haciéndote una mamada y que encima ese alguien sea tu madre?

Su cabeza se movía de arriba hacia abajo despacio, sus labios rozaban y apretaban bien mi rabo y sus tetas acariciaban mis muslos de la manera más erótica que jamás había imaginado. A veces se sacaba mi miembro de la boca y utilizaba pasaba su lengua por mi glande y parte del resto de mi verga, lamiéndola siempre cuidadosamente, como si de un arte se tratara. Luego, cuando menos lo esperaba, se la volvía a meter en la boca y la chupaba con brío durante un rato, para luego disminuir la intensidad y reducir el acto a un roce sensual de sus labios. Tan efectivo resulto su método, que consiguió dejarme indefenso y sin poder contenerme, de forma que un chorro de leche salió disparado de mi polla y cayó dentro de su boca. Mamá se la sacó entonces y dos chorros posteriores pringaron sus mejillas, parte de su pelo y su mentón. Los dos últimos cayeron sobre sus tetas y su mano derecha, con la que me estuvo masturbando mientras me corría. Finalmente, mamá se volvió a sentar, esta vez sobre sus gemelos y se quedó mirándome.

-No me esperaba eso... -le dije.

-¿Te ha gustado? -me preguntó quitándose del mentón la gota de semen que había caído con un dedo y metiéndoselo luego en la boca para saborearlo.

-¿Estás de broma? ¡Claro! Jamás me habían dado tanto gusto.

-Y a mí jamás me habían puesto tan caliente... Ni tan pringada -dijo mamá sonriendo pícaramente y metiéndose en la boca los otros goterones de semen que habían pringado su cara.

-¿Todavía tienes ganas...? -le pregunté.

-No especialmente, pero ya veo que esto sigue muy animado... -dijo pasando la mano derecha por mi rabo, que sorprendentemente seguía empinado-. Lo malo es que ya te has corrido dos veces y no tengo condones, así que mejor será que no me la metas, no vaya a ser que me dejes... embarazada.

-Eso sería fuerte... -comenté.

Mamá se quedó pensativa un momento y luego agarró mi rabo de nuevo y me empezó a masturbar despacio mientras me miraba.

-¿De verdad que no me engañabas cuando me dijiste que no te habías estrenado? -me preguntó.

-Te lo prometo -contesté.

-Sólo te lo decía porque aguantas muy bien, parece que tienes experiencia.

Yo sonreí.

-¿Y tú realmente has estado dos años sin sexo? -le pregunté, sintiéndome en el derecho de hacer yo mis propias preguntas.

-De verdad, te lo aseguro; nada de nada...

-Pues deben estar tontos los tipos que pululan por la noche madrileña, porque tú eres muy sexy...

-Pero es que yo no me entrego al primero que pasa. Algunas, incluidas mis amigas, se prestan a rollos de una noche, pero eso no va conmigo, por mucho que lo necesite. Quizá, como lo nuestro ha sucedido tan repentinamente, creas que soy una facilona, pero no es así, te lo aseguro.

-Claro que no, yo no había pensado eso -mentí mientras ella seguía masturbándome sin prisa, pero sin pausa.

-Y si lo hubieras pensado no sería raro, porque es que uno primero piensa.

-Yo lo único que espero es que esto no sea sólo esta noche... -dije.

-No, eso puedes tenerlo por seguro. Llevo años deseándote y ahora que por fin te tengo no voy a parar así como así.

Yo volví a sonreír mientras miraba cómo mamá me hacía aquella paja. La mano que me la estaba haciendo era suave y hábil y me dejaba claro que mamá había hecho varias pajas en su vida. Me costaba trabajo creer que no hubiera comido pollas o se hubiera dejado follar todas aquellas noches que salía con sus amigas, pero por otro lado me parecía imposible que quisiera sexo conmigo si tenía otros ligues por ahí.

Pensando en aquellas cosas me olvidé de lo que estaba haciéndome mi madre y cuando me di cuenta estaba a punto de correrme. Mamá me la estaba meneando rápidamente, pero al ver que me acercaba al orgasmo frenó un poco y luego se detuvo. Me miró de la forma más pícara y sugerente que pueda imaginarse y se inclinó sobre mi rabo, metiéndoselo de nuevo en la boca y empezando a chuparlo con vehemencia. Me lo estuvo mamando un poco y, cuando se dio cuenta de que me iba a correr, se lo sacó y se dio la vuelta de forma que sus pies, sacados apresuradamente de las sandalias de tacón negras, pudieran continuar la paja. Lo hicieron así y, al poco, empecé a echar leche de nuevo. No hubo chorros potentes aquella vez, sino un simple fluir de esperma blanco, que caía sobre la pintura negra de las uñas de los pies de mamá y se metía entre sus dedos blancos y pulcros. Sus sandalias, aún algo manchadas de semen, estaban junto a mí, pero mamá las cogió cuando acabé de correrme y volvió a ponérselas, pringando las tiras de los dedos. Mamá se sentó mirando hacia mí y flexionó las piernas, apretando de nuevo las rodillas contra su pecho. Sus pies con las sandalias de tacón pringadas de esperma puestas eran la visión más erótica que jamás había tenido ocasión de disfrutar y mamá me la estaba brindando con un sonrisa pícara y maternal al mismo tiempo. A pesar de ello, mi rabo ya no se mantuvo erguido y cayó hacia un lado semierecto. Mamá, tras ofrecerme aquella maravillosa vista, se puso de rodillas en la cama y luego se puso de pie en el suelo. Allí estaba aún más sexi, con sus sandalias repletas de virilidad y el espesor negro de su entrepierna satisfecho.

-Ya verás cuando compre condones lo que me vas a hacer aquí... -me dijo guiñándome un ojo y señalando su vulva. Luego se dio media vuelta y se metió en la ducha.

Yo me quedé tirado sobre la cama, exhausto, pero habiendo recibido las dosis de erotismo más increíbles de mi vida.

Skaidan
skaidan2000@gmail.com
-Señorita, despierte… Señorita, despierte…

Magdalena –Magda- Ruz oía las palabras pero no formaban ideas en su cerebro. Poco a poco, comenzó a notar la pesadez en los párpados que sentía cuando había dormido poco, sabía que debía despertar, pero no podía abrir los ojos.

-Señorita, despierte… Señorita, despierte…

Movió la lengua –seca, áspera, como si se hubiera bebido todo el Bourbon del Innombrable- y notó una punzada de dolor en la sien.

¿Qué había hecho? No recordaba lo ocurrido la noche anterior. De hecho, no recordaba más que el final de la clase de Matemáticas, su clase de Matemáticas, en el elitista colegio privado donde enseñaba.

Hizo una mueca de desagrado. La verdad es que algún día dejaría la enseñanza, seguro. Lo cierto es que, millonaria por derecho familiar, no necesitaba los míseros mil euros al mes que cobraba por desasnar a los hijos de papá –como ella- que acudían a clase y prestaban más atención a sus curvas que a los logaritmos.

-Señorita, despierte… Señorita, despierte…

Pero ¿quién la llamaba? Aguzó el oído. La voz tenía un acusado timbre metálico, pero no era una grabación, seguro. Era… como un robot. Volvió a recordar por qué había estudiado Ciencias Exactas. Nadie se lo explicaba, y menos sus padres. Rica, mujer de bandera, inteligente, se había encerrado cinco años en la Facultad más árida de la Universidad, para terminar dando clases en un colegio privado "¿Para qué, hija mía? Si querías vivir tu vida unos años, podrías haber estudiado Económicas, que habrías llevado la empresa de tu padre, o Medicina, que te permitiría conocer algún buen partido..."

Nadie lo sabía, y ella no iba a decirlo, al menos de momento. Estudiar Matemáticas le sirvió para hacer sufrir a los Pagafantas más desesperados de la Universidad; siempre bella e inalcanzable, seguro que había sido la causante de reventones inconsolables de braguetas, en chicos que nunca se atrevieron siquiera a decirle nada… Y enseñar la misma asignatura a muchachos de Bachillerato superó aún más su placer: no sólo les provocaba calentones, sino que les humillaba con una mirada de desprecio, mientras les ponía Deficiente en los exámenes. Jamás fue tan imposible aprobar, jamás fue acompañado un suspenso de tantos comentarios mordaces.

-Señorita, despierte… Señorita, despierte…

Era hora de abrir los ojos. La voz sonaba cada vez más fuerte, y la cabeza comenzaba a mandarle dolorosas punzadas. Miró alrededor, e inmediatamente volvió a cerrar los ojos, deslumbrada por un habitáculo de diez por cinco metros –su capacidad de cálculo instantáneo parecía indemne- de metal plateado.

Volvió a abrir los ojos ¿Dónde estaba? Desde luego, no en ningún lugar que conociera.

-Por fin, señorita Magdalena. Ya era hora. Imagino que se estará preguntando dónde está. Bueno, no vale la pena usar eufemismos. La hemos secuestrado, y está en nuestro poder.

- ¿Quiénes sois, hijos de puta? ¡Os exijo que me soltéis, inmediatamente!

-Comprenderá, señorita, que sería una tontería habernos molestado tanto para soltarla a la primera amenaza. Drogar su bebida, seguirla hasta que se quedó dormida en un banco, meterla en un coche y traerla aquí. Por cierto, está usted en una prensa hidráulica de las que se usan para prensar el acero.

- ¿Qué queréis? ¿Dinero? ¿Cuánto queréis? ¡Mi padre pagará, pero si me hacéis daño, podéis daros por muertos, hijos de puta!

-No, no… Verá, iré al grano. Es usted la tía más buena del Colegio Richelieu, pero también la más sádica calientapollas que haya nacido nunca en este país. ¡Cree que no nos íbamos a dar cuenta? Para usted, venir con esas blusas, esos escotes, siempre tan recatada en apariencia pero con un botón que se le desabrochaba "sin darse cuenta", faldas por debajo de la rodilla pero la cremallera abierta "por casualidad" para que viéramos que no llevaba bragas… y siempre el suspenso. El maldito suspenso. ¿Cuántos alumnos han fracasado en las Pruebas de Acceso por no tener la media requerida? ¡Y siempre por su culpa! Y, siempre, con su maldita sonrisa de niña pija altanera, soberbia..

-Yo, yo… Vamos, chicos, todo tiene arreglo…

-Por supuesto. Para esto la hemos traído aquí. Vamos a examinarla, nosotros también. Verá. Yo le haré preguntas de su especialidad, de matemáticas, y cada vez que falle una pregunta, la prensa se cerrará un metro por cada lado. La longitud de la habitación son diez metros, o sea que sólo tiene derecho a cuatro fallos antes de quedar despachurrada…

-¡Un momento! ¡Es una broma! ¡Estáis locos! ¡No podéis hacer eso!

-¡Vaya si podemos! Yo que usted, señorita Magdalena, me pondría en el punto rojo dibujado en el centro de la habitación. Se evitará golpes prematuros. Pero deje que siga… ¿Recuerda que nos daba una oportunidad de mejorar un punto en los exámenes? Nos hacía cantar, bailar, ponernos a croar de rodillas…Siempre elegía usted las pruebas más ridículas… Nunca aprobó a nadie con ese sistema ¿no? Cuando llegábamos al cuatro, siempre decía que no lo hacíamos lo suficientemente bien, y nuca nadie alcanzó el cinco. Pues yo también le voy a dar una opción de rescatar metros. Si falla, puede quitarse una prenda y la prensa no se moverá.

-¡Canallas! ¡Yo nunca os hice desnudaros!

-Pero no fue por falta de ganas ¿verdad? Los curas del colegio nunca lo hubieran permitido. Se hubiera metido en un lío muy, muy grande. Bien, señorita. Tiene quince segundos. DÉCIMO DECIMAL DEL NÚMERO PI…¡YA!

Asustada, Magdalena estuvo a punto de no responder a lo que se le pedía. Pero su cerebro, bien entrenado, dio la respuesta, casi sin pensar.

-Cinco.

-Bien… ¡Esa es mi chica!. No hay castigo. Continuemos con el número pi ¿Quién fue el que adoptó el nombre pi para la relación entre diámetro y longitud de la circunferencia? ¡YA!

-Pero… pero… ¡No hay derecho, eso no son Matemáticas!

La voz no respondió. Tras unos segundos, comenzó una serie de pitidos, diez en total, como una cuenta atrás, y finalmente, uno más largo marcó la prueba no superada. Pasó un tiempo, tanto que Magdalena comenzó a creer que todo era una broma, que no iban a cumplir su amenaza de mover los brazos de la prensa, pero finalmente las paredes de la sala acortaron su distancia dos metros.

-La respuesta era William Jones, señorita. Y no debería extrañarse, usted solía meter preguntas imposibles de responder, para burlarse más de nosotros. Creo que ya lo va entendiendo. Cuando falle, oirá el claxon de error, y tiene que comenzar a quitarse una prenda antes de treinta segundos. De lo contrario, perderá dos metros más.

-Pero… ¡no podré seguir acertando siempre! ¡Tendré que dormir! ¡Esto es un asesinato! ¡No tengo ninguna posibilidad!

-No somos como usted, Señorita. Es posible salir viva de aquí. Por eso no le mostramos nuestro rostro. Y le aviso que hemos borrado muy bien las huellas, y que le haremos las suficientes preguntas como para que nos tenga que enseñar alguna parte de su cuerpo… que fotografiaremos y guardaremos, como seguro para que usted no vaya a la Policía. Usted se queda quieta, las fotos también. Si va a la bofia, no nos encontrará, y sus fotos saldrán en todos los blogs y foros eróticos de Internet… con una explicación de por qué esta venganza. ¡Bueno, venga, que ya hemos perdido el tiempo! ¡DECIMOTERCER MIEMBRO DE LA SERIE DE FIBONACCI! ¡YA!

-¡Doscientos treinta y tres!

Magdalena se sentía un poco más segura de sí misma. Hasta cierto punto, las explicaciones le habían tranquilizado. Por eso, cuando escuchó la cuenta atrás de los pitidos, se quedó helada, y no supo reaccionar. Sonó la bocina de error. Treinta segundos. Sin embargo, ella no se había equivocado. Los brazos de la prensa se aproximaron dos metros más. Sólo seis metros.

-¡Cabrones! ¡No me he equivocado! ¡Era doscientos treinta y tres!

-Si cuentas el cero, no, querida. Si cuentas el cero, es el ciento cuarenta y cuatro. A ti también te gustaba ponernos trampas y cambiar los términos de las preguntas ¿recuerdas?

-¿Cuántas preguntas más tendré que responder?

-El examen se acabará cuando yo lo diga. Era otra de tus frases favoritas ¿no recuerdas? A veces llegaba a desmayarse algún pobre al que habías estado martirizando, pregunta tras pregunta… Otra cuestión: HALLA EL VE´RTICE DE UNA PARÁBOLA, DE FÓRMULA EQUIS AL CUADRADO MÁS SEIS EQUIS MÁS 11, SI LA RECTA TANGENTE ES HORIZONTAL ¡YA!

-No puede ser ¡No hay tiempo para responder! ¡Dadme más tiempo!

Esta vez ni siquiera empezó a calcular. Estaba claro que no iba a poder hallar el resultado a tiempo. Sonó el claxon de fallo, y poco después se cerró la presa. Era una chica alta, medía uno ochenta y cinco. Si fallaba otra vez, quedarían sólo dos metros. Si extendía los brazos, casi llegaría a tocar las paredes de la presa.

-Hummm ¿Qué decías tú cuando te pedíamos tiempo? ¡Ah, sí! ¡El tiempo es relativo, joven! ¡Y zas! ¡Cero al canto! ¡Otra! ¡integral de logaritmo neperiano de número e elevadoa logaritmo decImal de tres equis más cinco! ¡YA!

Magdalena se dio cuenta, con terror, de que hasta el momento había tenido la esperanza de que todo fuera una trágica broma, que se detuvieran cuando sólo faltasen un par de metros, sin hacerle daño, sin obligarla a desnudarse. Sin embargo, ahora que aún quedaban cuatro metros, estaba segura de que la prensa no se detendría. Cuando sonó el claxon –ni siquiera había intentado resolver la integral, tan aterrorizada estaba- se comenzó a desabrochar a toda velocidad la blusa. Tal vez si era generosa con sus secuestradores la liberaran tras imponerle una humillación. Tal vez se conformaran con verla en ropa interior, o algo así.

Magdalena se quitó la blusa. Llevaba un sujetador negro de encaje, cuyas copas resaltaban sus pechos, tapando justo los pezones, permitiendo que por encima del tejido se mostrasen sus rotundas formas. Miró hacia abajo. Pantys, falda, y ropa interior. Los zapatos se los habían quitado. Tenía pocas bazas. Trató de serenarse para jugarlas de la mejor manera posible.

-Bien, bien. Ya eres una experta jugadora. ¡NOMBRE DE PILA DE LOVELACE! ¡YA!

Esa era fácil. Demasiado fácil. Buscó la trampa, y se dio cuenta, demasiado tarde, de que ya habían pasado muchos segunos y sólo podía dar una respuesta. Si se equivocaba…

-Ada.

Casi no se sorprendió cuando sonó el claxon y, rápidamente, se subió la falda –tratando de no enseñar demasiado, no les iba a dar ese gusto, al menos no antes de tiempo- y tiró de sus pantis hasta abajo, hasta quitárselos.

-Huyyy. A punto. Concretamente, Ada Augusta Lovelace. ¿No protestas? Era otro de tus trucos favoritos. Respuesta incompleta, cero y a la cuneta, decías… Vamos a ver… ¡VIGÉSIMO DECIMAL DEL PRODUCTO DEL NÚMERO PI POR EL NÚMERO E! ¡YA!

Era imposible, claro. Podía recitar el número pi con veinte decimales –tres catorce quince…- y el número e –dos setenta y uno ochenta y dos…- pero jamás llegaría a acertar el vigésimo decimal de su producto… La bocina interrumpió sus pensamientos. Automáticamente se llevó la mano a las faldas, las desabrochó y las dejó caer. Llevaba braga, a juego con el sujetador, tan pequeñas que por encima del elástico se veían unos pocos pelos del pubis. No llevaba tanga. Nunca había llevado tanga, porque odiaba tener una cinta en la raja del culo. A través del encaje se transparentaban sus glúteos. Estaba seguro que los de arriba se estaban haciendo una paja a su salud. ¡Oh, como consiguiera salir de allí…! Dedicaría todo el dinero de su padre a encontrarlos ¿Policía? ¿Qué Policía? ¡Se creían muy listos, pero sin duda los encontraría! Alguno tendría un padre, o tío, o hermano, dueño de la fábrica donde estaba. Y cuando los encontrase, les castraría, a los pequeños cerdos…

Repentinamente, un sonido estridente le sacó de su ensueño. Aparentemente, sus agradables pensamientos de venganza le habían costado otra prenda. Sintiendo crecer su humillación hasta límites inconcebibles, se llevó la mano al cierre del sujetador, y lo desabrochó. Antes de quitárselo, dudó, llorando de rabia. Nunca, desde los diez años hasta los veintiocho actuales, un hombre había visto su pecho desnudo. No hacía top-less. Tenía médicos privados, todos mujeres. Nunca, jamás, dejaba que su padre o hermano entrase en la habitación –bueno, en la suite- o el baño privado.

Finalmente, un zumbido de advertencia hizo que se decidiera. Con rabia. Se quitó la prenda y mostró sus rotundas tetas, magníficamente erguidas, con unas aréolas grandes, de color melocotón. Sus tetas blancas por no haber sido nunca bronceadas, estaba segura, aún excitarían más a los hijos de puta de arriba. Y, para colmo de humillación, descubrió que sus pezones se habían puesto erguidos, desafiantes, como si estuviera sexualmente excitada. Notó cómo se ponía colorada. Para su consternación, las tetas y ¡horror! los pezones también estaban escarlata.

-Vaya… Ahora va a ser que la profesora también se excita… ¡Mira esos pitones! ¿Lo coges, profesora? ¡Pi-tones! ¡Ja, ja, ja!

-¡Ni lo sueñes, cabrón! ¡Es el odio, el odio y la rabia, y las ganas de matarte cuando salga de aquí!

-Bueno, bueno, no te pongas así. Vamos con otra pregunta. Números complejos.

Magdalena trató de prestar atención al problema, pero le zumbaban los oídos. No escuchó bien un número. Estaba segura de que no repetirían el enunciado. Bastantes veces, ella, se había negado a repetir un problema que, con malignidad, había leído en voz apenas audible. No quiso darles el gusto de preguntar. Prefirió concentrarse en qué hacer ante el inminente fallo. Aún se podía permitir perder dos metros, pero eso la dejaría a merced de cualquier fallo para morir aplastada –Magdalena ya no se hacía ilusiones de que todo fuera una broma, y trataba, simplemente, de seguir viva el mayor tiempo posible. Decidió perder la braga. Estaba seguro de que no la dejarían ir sin enseñar el coño … tanto más daba hacerlo ya.

Sonó la bocina. Cogió con las dos manos los elásticos de la braga y tiró para abajo, hasta las rodillas. ¿Desde dónde la observaban? Mientras se inclinaba hacia abajo, le asaltó el curioso pensamiento de que no sabía si estaban observando, en ese preciso momento, sus nalgas, con el agujero del culo y los labios menores en visión de primera fila, o los tenía delante, mirando el pubis. Finalmente, se quitó la braga, y se irguió, completamente desnuda.

-Separa los brazos. Da la vuelta. Inclínate un poco. Ponte a cuatro patas. Cógete los cachetes del culo, y sepáralos con las manos… así.

Obviamente, le estaban haciendo fotografías del agujero el culo y del coño, desde atrás.

-Túmbate boca arriba. Ábrete de piernas. Levanta el coño… Bien. Vamos a continuar… ¡DECIR TODOS LOS NÚMEROS TRASCENDENTES QUE PUEDAS! ¡YA!

Magdalena se animó un poco. Parecía fácil. El número pi, el número e, la constante de Chaitin… sin embargo, escuchó horrorizada cómo, a pesar de decir todos los número que iba recordando, sonaron los timbres de aviso. Comprendió, demasiado tarde, que ella tampoco admitñia ningún suplemento de tiempo en los exámenes…

Cuando sonó el último pitido, se quedó sobrecogida. Estaba desnuda ¿no? ¿qué pretendían? ¿qué iba a entregar ahora?. Su terror llegó a tener casi un regusto de excitación sexual cuando vio que las paredes se estrechaban. Sólo dos metros. Ya no tenía ningún comodín…

-¿Estáis locos? ¡Ya me habéis desnudado! ¡Ya me habéis visto en pelotas! ¡Mis tetas, mi culo!¿Qué más queréis? ¡Dejadme ir!

-No, no, aún es pronto, profesora. Lo estamos pasando tan bien… De hecho, hemos pensado cómo prolongar la diversión. Una posibilidad es metértela, por detrás o por delante, pero verás, para hacer eso deberíamos bajar allí, abrir la puerta, y tener contacto físico contigo, lo que siempre es arriesgado. Imagínate que nos pegas un mordisco en la polla, o que te consigues escapar. No, no, nuestro deseo de venganza es mayor que el de echarte un polvo. Sin embargo tal vez un espectáculo visual…

Magdalena no comprendía. Lo único que había entendido es que no iba a violarla. De alguna manera, se sintió aliviada, y furiosa consigo mismo por ello. Ciertamente, era virgen, y estaba seguro de que, en estas condiciones, la penetración sería dolorosa, pero ¿qué más daba, en estas circunstancias? ¡Qué patética era! Se obligó a prestar atención.

-...un dedito. Que te masturbes, señorita magdalena. Te metes un dedito en ese coño virginal que tienes y te das arriba y abajo hasta que te corras ¿Has entendido?

Apenas asintió, sonaron unas órdenes en un idioma extranjero. Rabiosa, comprendió que era ruso, o polaco. Se habían asegurado que no hubiera respuesta, utilizando un idioma poco habitual.

Con precaución, introdujo el dedo índice de la mano derecha entre sus labios. Trataría de no desvirgarse. Frotó su pubis con los demás dedos, buscando fingir un orgasmo que dejara satisfechos a sus captores, sin darles el gusto de humillarse corriéndose en su presencia. Sin embargo, Magdalena no había gozado nunca el sexo, ni siquiera en solitario. Sus placeres humillando a los alumnos habían hecho innecesarios otros gustos. De manera que, tras pocos segundos, notó una oleada de calor que le subía a la cara, y un placer diferente, que nunca había experimentado, fue subiendo, subiendo.

Jadeó, intentando controlarlo, pero era imposible. Su vagina estaba empapada, su mano se llenaba de fluidos. El dedo se metía más y más en su vagina, la mano izquierda frotaba sus tetas, sus pezones; su mano derecha, a veces, salía de su vagina y con un dedo se insinuaba en el agujero del culo… Ya no fingía, gemía, solloozaba, ya llegaba el orgasmo…

Con un grito de placer, Magdalena se dejó llevar, y se acostó, agotada, en el ya reducido espacio que quedaba entre las planchas.

-Bien… ha sido un bonito espectáculo.-dijo la voz de arriba.

Hubo una pequeña pausa

–Ahora vamos a seguir trabajando. VAMOS CON LAS PREGUNTAS DIFÍCILES…

FIN

Autor
miguelmyriam
Cuando se fue Dalia, yo seguí tumbada sobre la cama. Aparte de dejarme caer, no había cambiado demasiado mi postura, por lo que mis tetitas y hasta mi micropene seguían aplastados sobre la cama. Notaba mi culo palpitar. Me ardía y me escocía un poco, pero sentía un vacío en mi interior que me dejaba algo melancólica. Me había encantado que me follaran. Daba por bueno todos los dolores y todo el sufimiento que representaba para mí entregarme a otra persona a cambio de obtener la recompensa de su placer. Como me habían dicho, a través del goce de otros era como yo conseguía el mío.

Me giré de lado para poder respirar mejor y noté como mi enorme culo se desplazaba casi como un anexo a mi persona. Mis nalgas desproporcionadas no habían resultado ser ningún impedimiento para que mi amiga, que no tenía una equipación gigante precisamente, pudiera usarme sin problemas. Bueno, con una pequeña ayuda mía separándomelas, pero ese gesto de entrega absoluta me había gustado mucho. De hecho, aunque ya he probado muchas, muchas posturas en la cama, que me follen desde detrás, y más concretamente, justo así, como mi primera vez, es como más me gusta.

Necesitaba abrazar a alguien, pero me tuve que conformar con el almohadón. Me sentí bien cuando lo cogí y lo puse a mi lado, como si fuera un amante. Pensaba en los puntos que cambiaría. Naturalmente, estaba el dolor del principio. Había sido tan grande que pensaba que me iba a morir. Menos mal que cedió un poco después de un rato. En cambio, la fricción que todavía hacía que mi culo ardiera me parecía algo excitante, parte del proceso de dar placer al otro. Lo que no me había gustado era algo a lo que tendría que acostumbrarme, porque tampoco tenía más remedio que hacerlo. No le había dado mucha importancia mientras la rubia me sodomizaba, pero ahora venía a mi mente: los enormes aros de mis orejas y mi diminuto colgajo se movían salvajemente con cada embestida lo que resultaba bastante molesto... hasta que las sensaciones me hacían abandonar cualquier cosa que no fuera dar placer a quien me follaba.

Apenas me había puesto cómoda, reposando sobre mi costado izquierdo, cuando empecé a notar un cosquilleo en la nalga que quedaba debajo. Intrigada, pasé la mano para descubrir que de mi culo salía, de manera débil pero continua, un hilillo de líquido. ¿Estaría sangrando? ¿Me habría hecho Dalia más daño del que creía? Alarmada, encendí la luz de la mesilla. Era algo transparente. Como agua, aunque algo más pastosa y con un peculiar olor a... ¡mierda! Lógicamente, salía de mi intestino. Más curiosa que asustada, exploré con mis dedos mi abertura anal. Al contrario que en las películas porno, donde las chicas a las que han dado por el culo lo muestran completamente abierto, como si no volviera a cerrarse nunca, el mío estaba tan cerrado como siempre. Mi bendición y mi maldición: tan estrechito, las pollas disfrutaban más que cualquier otra rajita, y al mismo tiempo hacía que me doliera siempre que me follaran. Tan sólo el anillo externo, un poco más hinchado de lo normal, mostraba lo que había pasado momentos antes.

Me deslicé sobre mis sandalias de tacón y acudí al baño. Hasta en esas circunstancias, no podía dejar de caminar moviendo mi culo provocativamente a un lado y a otro. Hasta ahí llegaba ya mi condicionamiento, que nunca abandonaría. De hecho, creo que no sé andar de otra manera, aunque me lo proponga. Puse una mano en el culo para evitar manchar con mi goteo, hasta que asenté mis nalgas sobre la taza. Entonces, cuando hice la fuerza habitual, mi esfinter se abrió para dejar salir una buena cantidad de esa pasta blanquecina, con un ligero tono marrón. Entonces, de repente, lo entendí: ¡Era la corrida de mi amiga! Me había llenado de semen, y ese semen a algún sitio tenía que haber ido. Como yo no tengo útero ni nada similar, busca su salida por gravedad: el mismo agujero por el que ha entrado. Sin embargo, el hecho de que mi ano sea tan estrecho provoca que cierre casi herméticamente, por lo que apenas unas finas gotas logran escapar. Es toda una ventaja cuando me follan en algún sitio fuera de mi casa y no tengo mucho tiempo de limpiarme. Pero entonces ni siquiera sospechaba que fuera a hacer esas cosas.

Más tranquila, volví a a cama, feliz de haber perdido mi virginidad, feliz de ser capaz de dar tanto placer y más o menos satisfecha sexualmente por primera vez desde mi nacimiento. Desvié el curso de pensamientos de mi mente porque, si seguía pensando en sexo, volvería a excitarme y ya no tenía a nadie para que me calmara regalándome su orgasmo.

************************

A la mañana siguiente no me crucé con Dalia, pero sí con Natalia. Durante el desayuno, le conté todo lo que había pasado. Abrió los ojos como platos y si hubiera sido capaz de alzar las cejas o arrugar la frente, sin duda lo habría hecho.

Después de comer, fuimos a pasear al parque de la azotea. Hacía viento, y yo tenía que sujetarme la blusa para que mi culo no quedara al aire. Aunque la temperatura era agradable, las dos teníamos los pezones duros. Los de Natalia se veían casi a cada lado del ombligo. Como era habitual, todo su pecho bamboleaba a cada paso, lo que tendría que ser muy incómodo para la pobre. Al menos mi culo, que también se movía como gelatina al andar, quedaba a mi espalda y no molestaba tanto

—¿Me lo dices de verdad? ¿Has follado con Dalia?

Se me escapó una pequeña sonrisa pícara. Me gustaba oirlo. Sentirme sexual.

—Más bien ella me ha follado a mí. ¡Soy un pequeño agujerito para dar placer! —me salió, naturalmente, sin pensarlo.

—¡Hala, Laura! ¡No te menosprecies así! ¡Eres mucho más que eso!

—No te tomes las cosas de manera tan literal, mujer... Pero ¿sabes una cosa? ¡Me encanta sentirme un poco objeto! —confesé.

—Bueno... —dijo, después de un rato de silencio—. Creo que a mí también me gustaría sentirme así. ¡Pero es que a mí no me han hecho como a ti! ¡Si pudiera librarme de este maldito artilugio —dió dos golpes en su costado, que sonaron extrañamente metálicos— podría sentir como Dalia, utilizar mi pene.

—Pero... ¿te gustaría usarlo así? —le pregunté.

—No... —respondió, tras fruncir los labios, casi la única expresividad que su rostro le permitía—. Definitivamente, me siento mujer y heterosexual. No me veo ya follando a nadie, por raro que me suene reconocer esto... Creo que me gustaría —añadió en voz baja— haber sentido ya lo que tu has sentido: lo que representa ser follada.

—Bueno... por la tarde también se la chupé...

—¿A Dalia? ¡Jo chica, no paráis! ¿Y qué tal...?

—Bueno... definitivamente, quiero probar cómo sería con un hombre pero tendré que conformarme por ahora...

Así seguimos la charla, como dos pequeñas adolescentes empezando a descubrir su sexualidad. Hasta que llegó la hora de las clases de la tarde.

************************

Cuando bajé, me estaba esperando Mercedes. Pensé que habría hecho algo malo. Tenía algo en la cara que resultaba francamente extraño. Tan fuera de lugar que me costó entenderlo... ¡¡era una sonrisa!! Detrás de ella también estaba Agustín y Alberto. De la única que no había ni rastro, era de Isabel.

—¡Enhorabuena! —dijo la seca mujer—. Hoy ha sido tu último día con nosotros.

De no ser por la primera palabra, hubiera pensado que me iban a ejecutar. No me pasaba por la cabeza otra cosa que pudiera resultarle agradable a aquella desagradable persona.

—No podemos enseñarte más —se adelantó Agustín—. A partir de hoy, dependes sólo de ti misma. Has sido probablemente la mejor alumna que jamás haya pasado por aquí.

—Pero no olvides seguir haciendo tus ejercicios —terció Alberto—. Los necesitas para mantenerte sana y esbelta. ¡No lo olvides!

Yo estaba anonadada. Era lo último que me esperaba. Cuando lo empecé a asimilar, me sentí un tanto asustada. Me alejaba del sitio que me había visto nacer pero que, en realidad, me había forzado a ser lo que soy en contra de mi voluntad. Y siempre me daba miedo que me pudieran volver a llevar al sótano para cualquier extraña modificación. Los recientes aros en mis orejas eran buena prueba de ello. Todo eso iba a quedar atrás. Pero también mis amigas. No tardé en saber que ellas no saldrían aún. Dalia necesitaba más clases psicológicas. No me explicaron más, pero yo sabía por qué era... Y en parte yo tenía la culpa.

También lamentaba no haber podido conocer más a fondo a Tamara y a Flor... ¿las volvería a ver en mi vida? Y la pequeña y dulce Natalia... ¿qué sería de ella sin mí? ¿También se la follaría Dalia?

Me dejaron pasar por la peluquería para arreglar mi pelo, que ya empezaba a mostrar una brevísima raíz un poco más clara que mi negro brillante. Una hora después, un taxi me esperaba en la puerta. Por primera vez, desde mi nacimiento, estaba en la calle y sola. Y aterrada.

Llevaba un sujetador blanco con relleno que a duras penas servía para aparentar que tenía algo de pecho y un tanga que tapaba perfectamente mi micropene. Un sencillo y ajustado vestido violeta de rayas horizontales, de lana fina completaba mi atuendo. Mis piernas quedaban completamente al descubierto desde más arriba de medio muslo. Unos zapatos negros del altísimo tacón que necesitaba para caminar se ajustaban en mis pies. Me habían dado un teléfono móvil, una cuenta bancaria con unos pocos cientos de euros, la llaves de un apartamento y una maleta con alguna ropa básica y mejunjes de belleza. Eso era todo.

Mientras caminaba, arrastrando la maleta detrás de mí y cimbreando las caderas a cada paso, el taxista no me quitaba ojo de encima. Me hizo sonrojar.

—¿A donde vamos? —preguntó, tras ayudarme a meter la maleta en su vehículo.

—Al centro —contesté, con un hilillo de voz.

*************Fin de la trigésimo tercera parte*************

*************FIN DEL LIBRO PRIMERO*************

Bueno... hasta aquí hemos llegado en esta primera parte de las aventuras de las cinco amigas. Voy a tomarme un descanso para aclarar mis ideas y dedicarme a otros proyectos antes de volver con el libro segundo, donde veremos los primeros pasos de Laura en la ciudad, como persona libre.

Muchas gracias a todos los que lo habéis leído, a los que ha gustado y a los que no. Gracias por las críticas constructivas, por las ideas y por el entusiasmo. Gracias por insistirme en que continuara cada capítulo y, en resumen, gracias porque, sin vosotros, este "libro" no habría sido posible.

Laura Anubis
Lauraanubis@gmail.com
- ¿De qué hablas por messenger con tu amiga, mamá, que te ríes tanto?

- Nada, hijo, nada, jajaja.

Marisol tenía 40 años y su hijo Pablo 18. Vivían solos desde que Marisol se separó de Ricardo, el papá de Pablo.

- ¿Qué te cuenta?

- Jaja, nada, es una guarrilla.

- ¿Y eso? ¿De qué habláis?

- Me está preguntando por ti, jaja, pero mejor no quieras saber.

- Sí, dime, no me dejes así.

- Jaja, nooooo, ¿qué vas a pensar de mi amiga si te lo digo?

- Pero si ya me has dicho que es una guarrilla.

- Me dice que le gustaría verte pronto, que hace 4 años que no te ve y te habrás desarrollado mucho, jaja.

- ¿Y por qué habla de eso?

- Jaja, ya te lo puedes imaginar, jaja. Me pregunta si tienes tableta de chocolate.

- ¿Y qué le has dicho?

- Que no lo sé, porque siempre estás con camiseta.

- Pero sí lo sabes, mamá, que voy al gimnasio.

- Ya, pero yo no te la he visto, jajaja. Le voy a decir que según tú sí que tienes.

- ¿Qué contesta?

- Que ponga la cam y se la enseñes, jajaja.

- ¿La tableta de chocolate?

- Sí, hombre, ¿qué va a ser?, jajaja.

- Pero que ponga ella también la cam.

- No, dice que no se atreve. Que es tímida, ¡tímida dice!, jajaja.

- Dile que le ponemos la cam si ella también la enciende.

- Dice que si te quitas la camiseta como haciendo un striptease que la pone, jaja.

- Pues venga, acepta, se va a enterar ésa.

- Jajaja, hijo, qué atrevido.

Marisol puso la cam y su amiga hizo lo mismo. Al otro lado había una chica de treinta y pocos años, era amiga de mamá porque fue su monitora de aeróbic unos años antes, hasta que a Beatriz, que así se llamaba, la mandaron a otra ciudad. No habían vuelto a verse, pero tenían contacto por messenger.

- Dice que empieces el striptease, jaja.

La chica del otro lado estaba en tirantes, igual que la mamá, que llevaba también un pantaloncito corto.

Como lo prometido es deuda, Dani, que estaba de pie junto a su madre sentada, hizo un poco de bailoteo y se quitó la camiseta. Su madre se giró para verle bien y la amiga a través de la cam puso un gesto de sorpresa.

"Sí que está bueno tu hijo sí, dile que siga quitándose cosas".

- Jajaja, mira la zorrilla ésta lo que dice, siempre está igual, no para.

"Mi hijo no quiere quitarse más cosas".

- Dile que si ella se quita la camiseta, yo me quito el pantalón.

- Jajja, ¿quieres que le diga eso?

- Sí, díselo, pero se la tiene que quitar ella primero.

Fue escribírselo y Beatriz se quitó la camiseta, dejando a la vista unas tetas apenas cubiertas por un tenue sujetador de color negro que dejaba poco a la imaginación.

"Es su turno".

Dani cumplió su parte y se bajó el pantalón dejando a la vista de ambas mujeres su ajustado bóxer en el que se marcaba su polla ya en estado morcillón.

"Que siga, que se lo quite todo".

- Jaja, mira lo que dice, le voy a apagar la cam.

- No, mamá, dile que si se quieta el sujetador, yo me quedo en pelotas.

- ¡Halaaaaaa, hijo, qué bruto eres! Mira, me pregunta que qué estás diciendo.

"Que si le enseñas las tetas, te enseña la polla".

A Dani le sorprendió el lenguaje de su madre. Y más aún que a Beatriz le faltó tiempo para llevarse las manos a la espalda y desabrocharse el sujetador, dejando a la vista de madre e hijo sus espléndidas lolas.

En ese momento, Dani se puso a tope.

"A ver esa polla".

Dani no sabía dónde meterse, ahora se arrepentía de sus palabras.

- Venga, hijo, ella cumplió su parte - dijo la madre sin quitar ojo de la entrepierna de Dani.

- Está bien, pero si está en un estado que no os gusta, no os asustéis.

La madre escribió: "Dice que no te asustes si está empalmado, jaja".

"Precisamente me gustará más verle así".

Dani se llevó las manos a los bóxers y de un tirón se los bajó, dejando a la vista de ambas mujeres su enhiesta polla que apuntaba hacia el techo.

La madre dijo:

- Pff, hijo, menudo escopetón, parece que vayas a ir de caza, jajaja.

"Vaya pollón, dile que me la comería entera".

- Jaja, hijo, mira lo que te dicen, ¿estás leyendo?

- Sí, sí que leo. Dile que venga que aquí la espero.

- Hala, no seas tan atrevido, no le voy a decir eso.

"¿A que no te atreves a tocársela, Mari?"

"Jajaja, ¿pero qué dices?"

"Eso, que no te atreves"

"Pero si es mi hijo!!!"

- Mira, Dani, lo que me pregunta.

- ¿Y te atreves o no?

- La pregunta es si tú te atreves a que yo te la toque.

- Puesss, si es sólo agarrarla... sí.

- Jajaja, es sólo agarrarla, a ver qué te piensas.

- Pero dile que antes se quite ella la ropa que le quede.

"Quiere que nos hagas un striptease, que si no, no me deja que se la toque".

Rápidamente, Bea se puso en pie y pudimos ver que llevaba sólo unas braguitas, que no tardó en bajarse.

- Que acerque la cam.

"Acerca la cam, queremos ver de cerca lo que tienes ahí".

Beatriz acercó la cámara a su conejito y madre e hijo pudieron comprobar lo depiladito que lo tenía.

"Está listo para que tu hijo me meta ese pollón que tiene".

- ¡Pero qué burra es!

"Ahora cumple tu parte".

- Ay que ver...

Dani se acercó a Marisol y le puso la polla a escasos centímetros de la boca. Marisol era consciente y soltó una risita. Alargó la mano y acarició el pene desde la base hasta el glande.

"Cáscale una paja".

"Halaaa, no seas bruta".

"Hazlo".

- Dile que aceptas, mamá, pero si ella se pajea delante de la cam.

- ¿Estás seguro? La verdad a mí también me apetece hacerlo, jeje, pero avísame antes de que te corras, que eso estaría mal entre una madre y un hijo.

- Claro, yo te aviso.

"Tienes que masturbarte mientras nos miras".

"Eso está hecho".

Y la madre dirigió de nuevo la mano a la polla de su hijo, esta vez agarrándola totalmente, y empezó a moverse lentamente de arriba abajo, mientras Dani echó la cabeza para atrás pero sólo un instante porque no quería perderse aquel espectáculo de su madre pajeándolo.

Al otro lado de la cam, Beatriz se metía un dedo y disfrutaba con el morbo que le daba la situación.

"Cómesela, cómele esa polla".

La madre miró al hijo con cara de interrogante, el hijo hizo un gesto de consentimiento y Marisol se metió aquel miembro en la boca todo entero.

Cerró los ojos y se concentró en hacerle una buena mamada a su hijo del alma, haciéndole ver a Bea que ella también podía ser muy, pero que muy guarrilla.

Madre e hijo dejaron de atender a la cam y se centraron ambos en la mamada.

- ¡Mamá, me corro!

La madre continuó mamando deprisa y se la dejó metida en la boca mientras la polla de Dani hacía espasmos y los chorros de semen iban a parar al fondo de la maternal garganta. Cuando hubo salido todo el esperma, se la limpió con la lengua y le dijo:

- Bueno, hijo, ahora vete a darte una duchita mientras yo le pregunto a Bea qué le ha parecido. Si es que es más guarrilla esta mujer...

Rungo
En cuanto escuché la llave girar en la cerradura de la puerta di un respingo en la silla del ordenador. Al fondo del pasillo se escuchaba la televisión. Mi padre había llegado del trabajo un poco extraño y con un olor de lo más raro, como a aceite. Habíamos intercambiado unas cuantas palabras, se había metido en la ducha y yo me había vuelto a poner en el ordenador, matando el tiempo y matando soldados en el juego on-line al que tan viciado estaba. Quería que pasara rápido el tiempo para que Jacobo volviera y me contara lo que había pasado en casa de Harry. ¿Habría ido Cachu al final?

Mi decepción fue mayúscula cuando descubrí que la que aparecía por la puerta era mi madre en vez de mi hermano. Salí al pasillo, fui al comedor y le di dos besos. Me dijo que pusiera la mesa porque íbamos a cenar y me preguntó por mi hermano.

-Hoy no entrenaba. Estas no son horas para volver. Vamos a cenar –comentó ella gruñona.

-Pero si son las horas a las que sueles volver tú últimamente –comentó mi padre sin quitar ojo a la televisión.

-Sí, pero yo no soy una adolescente en una etapa problemática.

-¿Jacobo está pasando una etapa problemática? –pregunté con cara de circunstancia, sin haberme enterado de aquello, pues mi hermano era el hijo y estudiante ejemplar.

Mi madre me fulminó con la mirada.

-Es una forma de hablar, Nicolás –recogió su bolso y se dirigió al cuarto para deshacerse de sus altos tacones.

Yo me quedé mirando la tele, de pie, en el umbral de la puerta, observando también a mi padre, al que descubrí ensimismado. No estaba atendiendo a lo que decía el presentador del telediario. También me percaté de que el pelo le brillaba más que de costumbre y que tenía un rictus serio que arrugaba las comisuras de sus labios.

-¡Papá! –le llamé.

-¿Sí? –contestó volviendo en sí y mirándome.

-Nada –dije divertido-. ¡Que te habías quedao!

En eso que se abrió la puerta de la calle y apareció Jacobo. Mi madre llegaba en ese momento, en dirección a la cocina.

-¡Hombre! ¡Ya son horas, eh! –le dijo.

Mi hermano miró su reloj y se disculpó, diciendo que se había entretenido haciendo un trabajo en casa de Harry. Se descolgó la mochila del hombro y la dejó en el suelo, mientras miraba también la televisión, de pie junto a mí.

-¿Ha ido Cachu con vosotros? –le pregunté.

En aquel momento mi padre emitió un tenue carraspeó que a ambos nos pasó inadvertidos, lo mismo que su cambio de postura en el sofá.

-No –negó con la cabeza Jacobo-. Y tiene el móvil apagado. No sé que le habrá pasado.

-Aquí no ha venido –le informé.

-El sabrá –se encogió de hombros mi hermano, echándose de nuevo la mochila al hombro e indicándome con la cabeza que le acompañara al cuarto.

Al llegar a la habitación cerré la puerta tras de mí y esperé ansioso a que Jacobo hablara. Soltó la mochila sobre la cama, abrió rápidamente la cremallera y sacó la videocámara de la funda.

-¡Vas a flipar, hermanito! –exclamó.

-¿Qué es lo que ha pasado? –me acerqué rápidamente a la cama, sentándome junto a él, que destapaba la videocámara y comenzaba a encenderla para mostrarme en su pequeño LCD lo que había grabado.

-El Harry es un crack. Ha montado una en su casa tremenda.

-¿Pero el qué ha montado? –le insistí.

-¿Tú sabes quién es el moro ese que se dedica a pasar costo en la placita de Santa Eulalia? –preguntó, refiriéndose a una plazoleta cercana a donde vivíamos y en donde no nos reuníamos por ser demasiado bulliciosa y estar demasiado atestada de abuelos.

Intenté hacer memoria para ver si había visto a aquel personaje que me decía mi hermano. Pero no caía.

-Sí, joder –continuó-. El que se pone a partir de las ocho en la esquina de los contenedores a pasar costo. -En ese momento caí.

-Pero ese chaval es de tu edad, ¿no? ¿Uno que lleva siempre una sudadera de Nike?

-¡Ese! –Asintió Jacobo-. No es mucho mayor que yo. Bueno, pues ese pibe –continuó emocionado- ha venido a casa de Harry a follarse a la novia del primo de Harry.

-¡Espera, espera, espera! –le pedí que se detuviese para ver si había entendido bien.

-Y el primo de Harry se lo ha montado con ellos también. ¡Un trío!

-¿Un trío? –arrugué la nariz.

-Sí –dijo mi hermano exultante-. Y lo tengo todo aquí –indicó la videocámara.

-¿Pero el moro y el primo de Harry se lo han montado también entre ellos? -La cara que puso mi hermano ante mi pregunta fue un poema-. ¡¿QUÉ?! –dije con fastidio.

-Que la cara tira al monte –respondió.

-¿Qué quieres decir con eso?

-Ya sabes lo que quiero decir –puso su tono borde.

-No. No lo sé. Explícate.

-Que no se lo han montado entre ellos –aclaró mi duda sin seguir por un terreno escabroso que, fuera de enfadarme, lo que hacía era ofenderme. Me ofendía que Jacobo insinuara que yo estaba interesado en saber si… si eso… por alguno motivo en especial que no era cierto y que… ¡Bueno, es igual!-. Se lo han montado los dos con la novia del primo, que es una guarra de cuidado. ¡Pero guarra de verdad, eh!

-¿Está buena? –le pregunte para intentar equilibrar mis preguntas con respecto de la anterior.

-Sí. Muy bajita para mi gusto, pero está mazo de buena. ¡Unas peras, Nico!

-Joder –exclamé, sintiendo un cosquilleo extraño en el estómago al ver con que énfasis soltaba mi hermano aquellas expresiones-. Venga. Enséñamelo –le pedí.

Dio al botón de reproducir y apareció una chica en una cama. Aquella debía de ser la novia del primo. Una chica pequeñita, menuda, con el pelo a mechas rubias y color chocolate, con una blusa que dejaba su piercing en el ombligo al aire, muy morena de piel, con grandes aros de oro en las orejas, maquillada, y con unos pantalones blancos muy ajustados. Se presentó a la cámara. Se llamaba Bianca.

-Me duelen mogollón los huevos –se acomodó mi hermano el paquete dentro del chándal mientras sostenía la cámara con la otra mano-. He estado empalmado toda la tarde, sobándomela por encima del pantalón, hasta que…

Mi hermano se calló y fue cuando en la pantalla, junto a la cama, aparecían dos tíos. En seguida reconocí al moro, con su sudadera característica de Nike y su gorra de malote de barrio. A su lado, aparecía un tío alto, fuertote, con el pelo medio largo, cuyo flequillo caía sobre su frente, rubio, molestándole en los ojos. Su jersey rosa claro y el cuello de una camisa de cuadros asomando por él me dieron una impresión de pijo redomado que alucinaba.

-¿Hasta que qué? –Insté a que siguiera contándome lo ocurrido-. ¿Te la ha chupado?

-¿La piba? –preguntó-. ¿Qué va? Pero porque no he querido –soltó Harry una carcajada-. Pensaba en Cris y me sentía mazo de mal –comentó con una honestidad y un sentimiento que me habrían enternecido mucho si no hubiera estado ya tan empalmado y cachondo.

-Me he ido al baño y me he hecho una paja. Pero aún así me duelen mazo los huevos. Estoy deseando hacerme otra.

-¿Ahora? –le pregunté, tragando saliva por si le apetecía que nos la hiciéramos juntos. La verdad es que yo estaba bastante a tope y en ese momento me di cuenta de mi saliorrismo.

-No, ahora no –me sonrió con complicidad-. Luego cuando se acuesten papá y mamá.

-Ah, vale.

-Ese es el primo de Harry –me señaló al tipo rubio, que era bastante guapete-. ¿Es guapo, verdad?

-Sí –comenté con la boca pequeña.

-¿Te gusta? –me preguntó.

Le miré con los ojos muy abiertos y el gesto serio, por no decir desafiante.

-¿Por qué debería gustarme? –dije algo cabreado.

-Tú sabrás –se encogió de hombros Jacobo.

-¡Vete a la mierda, Jacobo! –le empujé, a la vez que se habría la puerta y mi madre aparecía de sopetón dispuesta a decirnos algo, pero su cara cambio rápidamente.

-¿Qué hacéis con la videocámara? –arrugó la nariz con su típico tono de sargento criminalista.

-La he cogido para un trabajo de Lengua, mamá –se inventó mi hermano una excusa mientras la apagaba-. Tengo que llevarla mañana a casa de Harry para grabar unas cosas.

-¿Qué cosas? –preguntó ella suspicaz.

-Es un rollo sobre el simbolismo y Rubén Darío.

-¿Poesía? –preguntó mi madre.

-Eso –asintió mi hermano.

-Bueno. Pues entonces mañana la coges de donde estaba –estiró la mano, pidiéndosela-. Ahora guárdala. O mejor, la guardo yo.

-Pero tengo que ver si tiene carga.

-Claro que tiene carga –dijo mi madre-. Siempre la tengo cargada para no quedarnos sin batería cuando llegan los cumpleaños o los eventos –e hizo otro movimiento para que Jacobo se la entregara.

Me miró con gesto de preocupación y yo, intenté transmitirle con la mirada que se la diera. Acto seguido mi madre la cogió y salió con ella de la habitación. Nos levantamos los dos como almas que lleva el diablo y salimos en su búsqueda para cerciorarnos de que la guardaba en su cuarto, pero fuera de eso se fue para el salón. La seguimos a través del pasillo de lo más acojonados por una más que posible pillada. ¡Otra!

-¡Juan! –Llamó mi madre a mi padre, llegando hasta el salón-. ¿Qué es lo último que grabamos con la videocámara?

Mi padre la miró extrañado al verla con la videocámara en la mano.

-¿Para qué quieres la videocámara ahora?

-Yo no la quiero para nada –contestó resuelta-. Tu hijo –señaló a Jacobo-, que quiere usarla para grabar no se qué y no quiero que me borre ningún vídeo.

-Tenía pensando grabarlo en la tarjeta de memoria, no en el mini-DVD –se quejó mi hermano, pero mi madre le ignoró, pendiente de la respuesta de mi padre.

-Pues no sé, cariño –comenzó a hablar éste-. Yo creo que fue en algún cumpleaños, de tu hermana o de tus sobrinos.

-Ya. Pero tengo tres hermanas y la tira de sobrinos. ¿Podrías especificar más?

-Pues sería de tu hermana Elia, que no fue hace mucho, ¿no? –arrugó el morro mi padre, pensándolo sin demasiado afán.

-No lo sé. Voy a verlo –dijo mi madre, abriendo la cámara y encendiéndola.

En aquel momento de desesperación Jacobo y yo comenzamos a hacer aspavientos como locos a espaldas de ella para que mi padre nos mirara, cosa que hizo. Comenzamos a decirle que no mediante gestos, que por favor no dejara que mi madre viese lo que había grabado en la cámara. Pero mi padre, extrañado por eso, fue bastante lento. Unas voces y unas risas restallaron en el pequeño altavoz que tenía la cámara. Mi madre estaba reproduciendo un vídeo. El vídeo de una celebración de cumpleaños.

-Ah, pues sí. Es el cumpleaños de Elia –movió mi madre la cabeza, refiriéndose a nuestra tía Elia, que vivía en Bilbao. Entonces dio al stop, abrió la cámara para sacar el mini-DVD, lo cogió y nos la entregó-. Por si acaso, mira la memoria, que aunque nunca grabamos en ella… Si hay algo lo metéis en el ordenador.

-Vale –dijo mi hermano sin creer su suerte, que esa misma tarde había estado grabando el vídeo porno en casa de Harry en la tarjeta de memoria en vez de en el mini-DVD. Como por arte de magia nos volatilizamos, mientras mi madre le preguntaba a mi padre si nos pasaba algo.

Regresamos a la seguridad del cuarto, cerramos la puerta y respiramos aliviados.

-¡Por qué poco! –solté aliviado.

Pero el alivio duró exactamente eso: poco. Unos nudillos tocaron y mi padre se asomó dentro, entró y cerró la puerta.

-¿Qué habéis hecho? –preguntó curioso.

-Nada –respondí.

-¿Entonces por qué queríais que no dejara que vuestra madre mirara la videocámara? ¿Qué hay? –indicó con la barbilla el aparato que mi hermano mantenía entre sus manos, sentado sobre la cama.

-Es… -dijo Jacobo, intentado escoger buenas palabras-. Es un vídeo que he grabado esta tarde.

-¿Una gamberrada? Porque si es algo para clase no creo que te hubiera importado que lo viera vuestra madre.

-Es más o menos una gamberrada –respondió mi hermano.

-¿Lo has grabado en la memoria? –Jacobo asintió. -¿Y de qué se trata? –continuó mi padre con el interrogatorio.

-Es… es un encargo que me ha pedido que hiciera mi amigo Harry. Tiene un negocio entre manos y quiere ver si puede funcionar.

-¿Y qué es?

-Es un vídeo –dijo Jacobo tontamente.

-Eso ya lo sé, pero…

Entonces le di un codazo en las costillas para que se lo dijera de una vez.

-Harry me pidió la videocámara, pero le dije que no se la podía dejar. Entonces me pidió que fuese yo con ella y que grabara. Y entonces he ido a su casa y he grabado este vídeo que… pues en el que aparecen… pues…

-Es porno –concluí yo-. El primo de Harry y su novia haciendo un trío con el moro que trafica costo en la placita de Santa Eulalia.

La cara de mi padre se quedó pálida, cosa que me hizo gracia.

-Eso suena ilegal –comentó con una voz neutra tras el shock inicial.

-¿El qué? –pregunté-. ¿Lo del moro que vende costo?

-Lo de grabar vídeos de sexo con menores –comentó mi padre-. ¿Tu amigo Harry no lo sabe?

Jacobo se encogió de hombros y después habló.

-El primo de Harry es mayor de edad y la novia también. El moro no sé que edad tiene.

-Es un crío –comentó.

-¿Le conoces? –pregunté suspicaz.

-De vista.

-¿Le conoces porque le compras costo? –bromeé, partido de risa, pero mi padre me mató con la mirada, así que me callé al instante.

-No sé qué voy a hacer con vosotros –se frotó mi padre la cara.

-¡Eh! –me quejé-. A mí no me metas, que ha sido él.

-¿Por qué no podéis ser dos adolescente normales y corrientes?

-Lo somos –dijo Jacobo-, pero estamos salidos, como todos los adolescentes. Además, yo sólo le hacía un favor a un amigo. No he hecho nada malo.

-Eso es verdad –comenté-. Jacobo no ha hecho nada. Sostener la cámara y dar a un botón.

Mi padre soltó un profundo suspiro.

-Está bien. Haced lo que queráis. Pero no os metáis en ningún lío. ¡Y nada de protagonizar vídeos vosotros! ¿Entendido? Conforme están las cosas no es lo más inteligente en los tiempos que corren. Y menos siendo menores.

-Yo no lo soy –apostillé.

-Tú a callar. Voy a ayudar a vuestra madre a preparar la cena –se dispuso a salir del cuarto, pero lo que dijo mi hermano le hizo detenerse.

-¿No quieres verlo? –le dijo-. El Tate y yo íbamos a verlo ahora.

Mi padre se giró y nos miró directamente a los ojos. Un atisbo de duda apareció en su rostro.

-Vuestra madre puede venir en cualquier momento –comentó.

-Disimularemos –esbozó una sonrisa Jacobo de auténtico cabrón. Aquella especie de trastada hizo que mi padre sonriera también.

-Sólo un instante, por favor –pidió mi padre-. No quiero líos con vuestra madre. Siempre dice que me pongo de vuestro lado para estar los tres en contra de ella, si nos pilla…

-Relájate, papá –le pedí, señalándose que se sentara al otro lado de Jacobo. Así lo hizo.

Jacobo encendió la videocámara, la puso en modo reproducción y pasó rápidamente el vídeo hacia delante, en donde la chica aparecía hablando, luego se veía al primo de Harry y al moro acercarse a ella y definitivamente le caían encima. Ahí fue donde mi hermano se detuvo, justo cuando el moro le comía la boca a la chica, le levantaba el top y liberaba sus tetas para zampárselas, mientras el primo sonreía exultante y cachondo.

-¡Me cago en el copón bendito! –soltó mi padre.

-¿A que está buena, eh? –movió mi hermano la cabeza arriba y abajo, contento ante su captura en aquel vídeo-. Menudas peras que tiene, eh, papi.

Mi padre no se movía. Estaba hipnotizado observando a la piba y cómo se la comía el moro mientras el novio le daba instrucciones. Yo, fuera de estar pendiente de la pequeña pantalla de la cámara observaba los perfiles de mi padre y hermano, cuyos ojos titilaban de deseo y cachondez. Después bajé la mirada a sus entrepiernas, que disimulaban muy bien las pollas semierectas que debían ocuparlas en esos instantes.

-Será mejor que cortéis aquí –les dije-. Mamá se va a mosquear por estar tan callados.

Les acababa de joder la fiesta. Mi padre me miró, tragó saliva y se puso en pie. Intentó hacerlo disimuladamente, pero no pudo. Plantó toda su mano en el paquete y se colocó el cipote.

-¿Empalmado? –le preguntó Jacobo.

-Un poco –sonrió él.

-Pues imagínate lo que me dolían a mi los huevos de ver eso.

-¿Has grabado mucho tiempo? –dijo mi padre, expectante y algo ansioso. Curiosamente no había llamado la atención a Jacobo por su mal lenguaje, como solía hacer siempre.

-Ya lo creo –continuó Jacobo con su tono y risa de cabroncete. En ese momento un grito de mi madre llamándonos atravesó toda la casa.

-¿Podré verlo completo? –preguntó mi padre.

-Pues… mañana cuando vuelvas de trabajar… -pensó mi hermano.

-Esta noche, cuando vuestra madre se acueste. Pasadlo al ordenador y lo vemos en la pantalla. Voy a amortizar la inversión que hice en ese cacharro –señaló al PC del escritorio-, que sólo lo utilizáis para dar tiros con el juego ese y a saber para qué más… pero vamos, ya me lo imagino, ya.

Sonreí y también me puse en pie.

Cenamos tranquila y apaciblemente, vimos la tele en el sofá y mi madre, a eso de las once y media, se fue a acostar. Mi padre la acompañó cinco minutos después. Debieron de estar hablando sobre qué tal el día, cómo solían hacer cada noche, pues les oíamos murmurar desde nuestro cuarto. Entonces, pasados unos diez o quince minutos, volvió al salón y nos hizo un gesto con la cabeza para que nos dirigiéramos a nuestra habitación.

-El vídeo dura casi dos horas, papá –comentó Jacobo.

-Pues veremos un resumen –nos guiñó un ojo.

El ordenador estaba encendido y todo preparado. Yo había llevado conmigo una silla del salón, poniéndola alrededor de la mesa del escritorio junto a las otras dos sillas que teníamos en el cuarto. Jacobo se sentó en el centro y mi padre y yo a los lados. Entonces, mi hermano abrió una carpeta con archivos, hizo doble clic y apareció el reproductor de vídeo.

-Quítale el sonido –recordó mi padre.

-Los altavoces están apagados –comenté.

Un silencio sepulcral se hizo entre los tres cuando el vídeo comenzó y Jacobo lo puso directamente en donde lo habíamos dejado antes de cenar, justo cuando el moro se comía a la piba. La acción iba in crescendo, el primo de Harry comenzaba a hacer lo propio también con la chica, que gemía como una loca, la desnudaron, ella les sacó los pantalones dejándoles en gayumbos y cuando ya les sacaba sus dos maravillosas pollas fuera, mi padre, mi hermano y yo teníamos una erección memorable. Tres tiendas de campaña bien hermosas se habían instalado en nuestras entrepiernas.

Ante tanto silencio, la casa callada, aquel vídeo, los tres encerrados a cal y canto en nuestro pequeño cuarto, el calor me empezaba a sofocar. Y a los otros dos también, pues respiraban fuertemente. Les miraba la cara de vez en cuando. Mi padre se humedecía los labios, pues se le quedaban secos. Se comía con la mirada la pantalla del ordenador, con una expresión en su rostro que me causaba estupor. Era algo así como lujuria. ¿Desde cuando habíamos llegado a aquel punto en nuestra relación familiar? Mi padre siempre había estado mucho con nosotros, pero hasta ese punto de estar viendo un vídeo porno casero en nuestra habitación…

-Es muy fuerte –susurró, y se toqueteó el cipote, como si se lo estuviera colocando-. Esa chica. ¡Es una cría!

-Tiene más de dieciocho –puntualizó Jacobo.

-Es igual. Eso que hace es como si tuviera… -mi padre calibró la respuesta-. Treinta y muchos. Jamás pensé qué…

-Es muy puta –dijo mi hermano. Mi padre no añadió nada-. Pero está tremenda. Yo no sé cómo he podido aguantar sin unirme.

Entonces mi padre sí que giró el cuello para mirar a Jacobo.

-¿Unirte? –preguntó.

-Sí, pero he dicho que no, eh. Que yo ahora con Cristina voy en serio y paso de rollos. -Mi padre esbozó una sonrisa como la que yo había esbozado horas antes cuando mi hermano me había contado aquello. –Eso sí. A las pajas no renuncio. Así que, ¿os importa si mientras lo vemos…?

Yo abrí los ojos como platos ante aquella proposición y en seguida miré a mi padre, que giró el cuello para observar la expresión de mi hermano.

-La verdad es que yo irme así a la cama, en estas condiciones –se lamentó mi progenitor, refiriéndose a su erección-. Porque despertar a vuestra madre para que arreglara algo así sería un suicidio –bromeó, tocándose el bultazo que se le marcaba en el pantalón del pijama.

Entonces los dos me miraron a mí, que me sonrojé azorado.

-A mí no me apetece… -respondí.

-¿Pero te molesta? –me preguntó Jacobo.

-No, pero… No me gusta demasiado la idea. Pero yo me siento en la cama y hacéis lo que queráis.

-¿Es porque estoy yo? –preguntó mi padre. No respondí. Sólo bajé los ojos-. Entiendo que te puedas sentir violento, hijo, pero después de las últimas semanas no creo que a estas alturas sea demasiado… grave.

Me encogí de hombros, sin decir nada. Me levanté y me tiré en la litera de abajo, mirando sólo el trozo de pantalla que se podía entrever entre las espaldas de mi padre y mi hermano. Ellos, totalmente desinhibidos, se bajaron los pantalones a medio muslo. No les vi, sólo detecte el movimiento. Entonces, giraron sus cuellos un poco y se miraron las pollas el uno al otro para luego sonreírse.

-Joder, ¡cómo estamos! –comentó Jacobo, refiriéndose al nabo de mi padre, lo que me provocó una cierta punzada de envidia insana, porque sin comerlo ni beberlo acababa de quedarme desplazado en aquella cosa que en un principio habíamos empezado los tres juntos.

-Esa chica… es buena.

-Sí –masticó mi hermano, cuyo brazo oscilaba ya arriba y abajo, masturbándose de buena gana. Lo mismo que mi padre, que echó su rostro hacia atrás para mirarme.

-¿Estás bien, Nico? –me preguntó.

-Todo bien –contesté, aunque no pude evitar que mis palabras sonaran con la mala ostia que se me estaba poniendo por dentro. Mi padre continuó mirándome.

-Venga, hijo. No seas pudoroso. Ven aquí.

-No me apetece –contesté.

Mi padre se volvió de nuevo a mirar la pantalla. No me esperaba que se levantara de la silla, se volviera después hacia mí mientras se volvía a guardar la polla en el pantalón y me dejaba anonadado con la visión de aquel cipote en erección. Debió de notármelo en la cara. Lo peor es que dio unos pasos hacia la cama, se sentó junto a mí, luego se tumbó sobre el colchón y se sacó los pantalones del pijama, quedándose desnudo de cintura para abajo, con todo su pepino apuntándole hacia el ombligo, bien duro y enhiesto. A mí se me había helado la sangre. Jacobo, que se había girado a observarnos, parecía divertido con aquella escena, con su circuncidado rabo asomándole por la goma del bóxer.

-Vamos. No creo que sea algo poco ético. Sólo nos vamos a masturbar. Creo que ya sois mayores y es algo natural hacerlo. Es más. Antes no lo veía así, pero gracias a vosotros y a vuestras trastadas he cambiado mi forma de enfocarlo.

-Ya. Pero esto… -manifesté con la voz atragantada, sin poder retirar mis pupilas del venoso y moreno tronco del nabazo de mi padre.

-No seas bobo, Nico –me dijo Jacobo-. Para una vez que ocurre algo divertido en esta casa…

Entonces mi hermano se levantó enérgicamente y con toda su determinación se acercó a la cama, estiró sus manos y estas se asieron al desnudo rabo de mi padre y a mi embutido y empalmado pene. Ante aquello di un respingo de sorpresa y se me escapó un leve gemido.

Instintivamente, mi padre me tapó la boca, para que no hiciera ruidos y despertara a mi madre. La cosa es que le miré con ojos de cordero degollado, mientras mi hermano apretaba más con su férrea mano mi paquete. Yo gemí de nuevo, ahogando el sonido la callosa palma de la mano de mi progenitor.

-¿Seguimos? –me preguntó. De modo que, totalmente rendido, asentí con la cabeza.

Mi padre me retiró lentamente la mano de la boca. Miré a Jacobo, que nos soltó los rabos a los dos. Estaba de pie junto a la litera. Entonces, una nueva cosa sucedió, helándome la sangre, pues mi padre, con una media y extraña sonrisa, estrujó entre su mano el duro nabo de mi hermano, cosa que me hizo estremecer.

-¡Joooder! –resopló éste al sentir aquello. A nuestro propio padre sujetándole la polla.

Mi cipote estaba que no podía más e intentaba escapar de la goma del calzoncillos. Visto lo visto, decidí liberar y mostrarla en toda su plenitud. Así lo hice. Mi padre, al verlo, sonrió.

-La cama es pequeña para los tres. ¿Volvemos a las sillas y terminamos de ver lo que hace esa guarra? –se refirió a la novia del primo de Harry.

-Mejor nos sentamos en el suelo –señaló Jacobo con la barbilla la pequeña alfombra que teníamos a los pies de la litera-. Podemos apoyar la espalda en la cama.

Mi padre estuvo de acuerdo y yo simplemente acaté lo que proponían. Nos sentamos los tres de aquella forma, vestidos sólo con las camisetas del pijama y los calcetines, con las piernas estiradas, muslo contra muslo, los rabos enhiestos y el calor fundiendo nuestra carne. Un aroma especial a hombre y sexo en combustión había invadido el caldeado ambiente, y allí estábamos los tres. Dos hermanos y un padre a punto de compartir uno de los actos más íntimos de cada uno.

El cantimpalo que mi padre ostentaba entre las piernas destacaba con claridad respecto a nuestros penes, pero las medidas eran lo de menos. Lo importante fue la forma en que nuestras manos subían y bajaban alrededor de sus troncos, masturbándonos, mirando alternativamente nuestras pollas, nuestros rostros cachondos, la pantalla del ordenador en donde aquella puta comenzaba a ser penetrada por el moro, que tenía un culo tremendo, lo mismo que el pálido trasero del primo de Harry, aquel pijo con melenita que tenía un trabuco gordo y venoso como un buen calabacín.

Mi padre soltaba jadeos, Jacobo también, yo incluso, mientras mi progenitor me pasaba un brazo (el izquierdo) por encima del hombro y me pegaba a sus costillas, en donde podía sentir más el calor que desprendía su piel. Giró la cabeza y me susurró al oído, rozándome con su nariz en la oreja, cosquilleando allí con su bigote, lo que me hizo estremecer.

-¿Seguro que estás bien, hijo? –me preguntó.

Le miré y asentí, sin soltar mi pene un segundo. A cambio de mi respuesta afirmativa, él me plantó un lento y parsimonioso beso en la sien. Después hizo lo mismo con Jacobo. Para ello soltó su rabo y pasó su otro brazo sobre los hombros de mi hermano. El cipote de mi padre quedó libre, pero por poco tiempo. Un despabilado Jacobo lo agarró sin prejuicio alguno y comenzó a masturbarlo.

-Puedo hacerlo yo sólo –comentó mi padre divertido.

-Pero así es más cachondo –respondió mi hermano con picardía.

Al ver aquello, mi cuerpo tembló de una forma indescriptible. Un temblor que nunca antes había experimentado me sacudió y me hacía tiritar y bailar de puro nervio. Tanto mi hermano como mi padre se percataron de eso. ¿Qué me ocurría? Asustado, me puse en pie, me sujeté el cuerpo, cruzando mis brazos sobre mi pecho. Pero no podía dejar de temblar.

-No puedo dejar de temblar –lloriqueé en un susurro.

Mi hermano y mi padre se pusieron en pie, y mi padre se acercó, intentado asirme para que dejara de temblar.

-Tranquilízate –me pidió-. Estás muy nervioso –intentó calmarme, pero era imposible.

-¿Pero qué te pasa? –preguntó Jacobo, todavía con su polla erecta, cabeceando en el aire.

-No lo sé –gimoteé, preocupado-. No. Me he puesto muy nervioso. Ha sido demasiado. Yo no sé si esto…

-Está bien –dijo mi padre- Túmbate en la cama, anda.

Le hice caso. Me tumbé en la litera de mi hermano. Ellos se encargaron de meterme el calzoncillo y el pantalón por los tobillos y yo tiré hacia arriba de ellos para vestirme. Lentamente el tembleque remitía.

-¿Mejor? –preguntó mi padre, también con su pijama recompuesto y vestido.

-Sí. Lo siento –me disculpé ante tal cortarrollos. Pero el caso es que aquello me había superado.

-No es nada, hijo. No tienes que pedir disculpas. Quizás esto es demasiado…

-No lo es –atajé rápidamente-. Pero quizás otro día… sin mamá pudiendo entrar en cualquier momento… No me esperaba que…

Mi padre esbozó una sonrisa. Mi hermano acababa de ponerse el pijama también y de detener el vídeo.

-Me he puesto muy nervioso porque es algo que no…-intenté explicar.

-¿Demasiado intenso? –preguntó mi hermano, más acostumbrado a aquel tipo de jueguecitos con sus amiguetes.

-Sí –sisee.

-Bueno. Pues ya surgirá otra ocasión. No es algo… no es algo que haya que buscar –comentó mi padre, pensando en su propio cinismo al decir aquello en comparación con lo que había hecho aquella misma tarde en los sótanos, buscando a Cachu hasta tenerlo partido por la mitad, ensartándole su grueso nabo hasta las entrañas del adolescente-. Es algo espontáneo y natural.

-¿Ya se te ha bajado la erección? –le preguntó mi hermano, llamando su atención.

-Sí –le contestó mi padre, que sin tapujo alguno tiró hacia debajo de la cintura del pantalón del pijama, se sacó su nabo fláccido, nos lo mostró y lo meneó en el aire con tan poco pudor y vergüenza que supe que algo extraño le había ocurrido a aquel cuarentón afable del que llevábamos la misma sangre.

Aquella noche comencé a creer por primera vez en todas aquellas historias de Mulder, Scally, los secuestros de humanos por parte de los extraterrestres y los Expedientes X. Mi padre… Mi visión de él había cambiado radicalmente. Mi visión de él estaba mucho más completa y a la par… descuadrada. Descuadrada porque aún no había hecho espacio suficiente en mi mente para aquel gordo y moreno cipotazo que ostentaba mi progenitor entre las piernas y que ya, repuesto del tembleque, me moría de ganas de estrujar entre mis dedos como bien había hecho mi hermano Jacobo.

Cuando mi padre volvió a su cuarto y nosotros apagamos la luz, ya había decidido dormir en la cama de mi hermano. Él se subiría a la mía. Entonces, no pude evitar lanzarle a Jacobo aquella cuestión: "¿La polla de papá parece super dura y super gorda, no?".

Mi hermano contestó de lo más tranquilo: "Cuanto la tengas entre tus manos y la sientas palpitar de dura, ¡Lo vas a flipar!".

Por luisfo
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