Vivo en una ciudad turística del sur cuyo nombre me callaré por prudencia, y la constructora para la que trabajo obtuvo en concurso una obra en la capital de España. Como ningún supervisor se ofreció voluntario para ir, los jefes optaron porque los dos mas jóvenes nos turnásemos en comisión de servicio por periodos de tres meses. Así que de la noche a la mañana y con harto dolor de Margarita, mi mujer, me vi disfrutando a solas de un apartamento de la empresa en pleno centro de Madrid.
Ya se que esto sería el sueño de cualquier hombre casado, pero no van por ahí los tiros, pues la verdad es que me pasaba el dia en la obra y por la noche no me quedaban ganas de salir a ligar o simplemente para irme de putas. O sea, un asco. El caso es que la empresa había contratado para los técnicos y sus familias una póliza de salud muy buena, en concierto con las mejores clínicas de Madrid, y que contaba con los mas afamados especialistas de España. Y aquí es cuando entra mi cuñada en la historia.
Mary a sus treinta y cinco años es una experta en médicos, o mejor dicho: es hipocondríaca total y donde realmente disfruta es en la consulta de un galeno. Por aquella época se quejaba todo el rato de unas molestias intestinales que, en su imaginación, atribuía a algo mas grave, amargando a toda la familia con sus dolencias ficticias. Mi mujer, harta de la situación, le propuso utilizar su tarjeta de la mutualidad para que la reconocieran haciéndose pasar por ella y aprovechando mi estancia en Madrid.
Dicho y hecho: pedí cita para el especialista y me la dieron para primera hora del jueves de la semana siguiente, quedando en que yo la recogería en la estación del AVE y la llevaría en mi coche al reconocimiento. Me largé de la obra, argumentando que tenía que hacer unas cuantas gestiones burocráticas, y conseguí llegar puntualmente a la estación a pesar de los atascos de tráfico.
¡Mira! Cuando la vi dirigiéndose hacia mi Audi, agitando la mano para saludarme, me pregunté si esa era mi cuñada o una aparición. No parecía para nada enferma. Se había colocado una blusa muy elegante y una faldita negra, cortita y ajustada, que atraía la mirada de los hombres como un imán, pues se pegaba a sus nalgas y a sus caderas como un guante. Dos tios que iban detrás de ella no paraban de mirarle el culo.
Hola Gonzalo (me plantó dos sonoros besos mientras me abrazaba) ¿llevas mucho rato esperándome?
Hola cuñada, acabo de llegar (dije mirándola de arriba abajo golosamente sin poder evitarlo) ¿Cómo te encuentras?
Fatal, el dolorcito en el vientre no se me quita ni con los calmantes que me estoy tomando
Pues venga, dame la maleta y vamos a que te vean
Sostuve la puerta un momento mientras ella subía al coche, mas por verle bien las cachas que por galantería, y me puse al volante. Mi cuñada siempre ha sido mi debilidad. Está buenísima, con esa figura de mujer agil y juvenil, con ese culo y esos pechos no muy grandes que hacen que le caiga bien cualquier vestido que se pone, con esas piernas largas y fuertes y esos taconazos que se gasta. Durante todo el trayecto estuve mas pendiente de sus finas medias que del tráfico, cambiando de marchas constantemente para rozarla con mis nudillos.
Ella, normalmente, deja que la sobe un poco con la mayor naturalidad. En todas las reuniones familiares me saluda con efusivos abrazos, aplastando sus tetas contra mí y besándome a la menor ocasión, además parece divertida cuando me sorprende mirándola con ojos de cordero degollado, embobado con su escote o sus piernas, así que no parecía molesta con mis roces. Es mas, cuando llegamos a la consulta y tomamos asiento en la sala de espera, se pegó a mí como una lapa y no paró de masajearme la rodilla todo el rato.
¿Estás nerviosa cuñada?
Si, bastante nerviosa. ¿tu crees que me pedirán el dni?
Tu tranquila, yo le doy a la enfermera la tarjeta de Marga, y si te pide el dni le digo que me olvidé traerlo y que es culpa mía
Ah oye, otra cosa: si el especialista tiene que reconocerme no pases, que me muero de vergüenza
Vale vale, pero no olvides que tengo que aparentar que soy tu marido. Te lo digo porque tampoco pasa nada porque te vea en ropa interior ¿no?
Uy por dios, que corte. (En ese momento nos llamó la enfermera)
¿Doña Margarita? Pase por favor, don Antonio les espera.
El despacho del médico estaba amueblado a la antigua, presidido por un escritorio con solera. La camilla para los reconocimientos estaba a la vista, sin biombo ni tabique que la ocultara, y esto hizo que instantaneamente fuese consciente de la oportunidad que se me presentaba. ¡De esta no se escapaba Mary! Tanto tiempo soñando con la ocasión de tener un avance con ella y había llegado la hora. Sería muy raro que un especialista en digestivo no le hiciera un reconocimiento a fondo.
Don Antonio resultó ser un hombre maduro y distinguido. Nos saludó muy amablemente y durante un rato estuvo haciéndonos preguntas y escribiendo anotaciones en una ficha. Mi cuñada iba haciendo un relato pormenorizado de todas sus molestias y dolencias mientras el parecía escucharla interesado y paciente. De vez en cuando me miraba y yo asentía con un movimiento de cabeza, haciendo el papelón de marido preocupado. Por fin se levantó y pronunció las palabras que yo llevaba todo el rato queriendo oir:
Por favor, vaya a la camilla y descúbrase. Vamos a hacer una primera exploración
Cortesmente, se giró dándonos la espalda, mientras rebuscaba entre los frascos de una vitrina y se calzaba unos guantes de latex con parsimonia, haciendo tiempo para que ella se desabrochara la blusa y mostrara el bonito sujetador blanco que se había puesto. Sin pensármelo dos veces agarré el móvil y lo escondí en la mano, Mary no se iba a librar de que le hiciera una cuantas fotos para mi uso personal. La auscultó con el fonendo por el pecho y la espalda concienzudamente y luego le pidió que se sentara en la camilla.
Ella mientras tanto se quitó el sujetador y dejó libres dos tetas preciosas, pequeñas y redondas, que hicieron que un cosquilleo familiar empezara a correr desde la base de mis testículos hasta el ombligo, haciéndome temer una erección inoportuna, porque viéndola allí sentada con los pechos al aire y una minifalda que no podía tapar sus braguitas blancas a ver quien era el guapo que resistía. Madre mia, que cuerpazo tiene la tia, pero calma Gonzalo, me dije, esto no ha hecho mas que empezar. Efectivamente, a continuación se quitó la falda y se acostó boca abajo
Don Antonio le bajó las bragas para tomarle la temperatura y descubrió su culito y la rajita del pepe, el cosquilleo de los testículos se convirtió ya en una punzada en el nabo que, comenzó a hincharse. Pero fue cuando ella misma se las quitó del todo y quedó desnuda y tendida boca arriba en la camilla, cuando me empalmé como si fuera un toro en celo. ¡Que culazo y que coño mas bien puesto tiene mi cuñada! pensé mientras sentado en un taburete esperaba las órdenes del médico.
Tenía el bello púbico muy cuidado y recortado pero abundante, además pude comprobar que era rubia natural y que los labios menores le sobresalian un poco, el color era sonrosado y daba sensación de humedad. Con disimulo dirigí el objetivo de la cámara del móvil hacia ella y seguí retratándola para la posteridad.
Si alguna vez hubo en el mundo un voyeur mas feliz, ese fuí yo. En el momento en que mi cuñadita se abrió de piernas para que el doctor la penetrara con sus dedos, exponiendo su vagina a mi vista de pervertido, me quedé sin respiración. Recordé cuantas veces me había pajeado viéndole las bragas en sus descuidos al sentarse, o sus escotes al inclinarse, o esos bikinis que usaba en verano. Eran tantas las veces que había fantaseado con ella, que ahora se me juntaban de golpe todas las emociones reprimidas y me cortaban la respiración como a un mozalbete enamoriscado. Aproveché la ocasión y dispare dos veces mas, y esta vez enfoqué con toda la impunidad del mundo, pues nadie me veía. Ya tenía carnaza para mil pajas mas.
El doctor procedió despues a realizar un palpo rectal, (para ello Mary se tuvo que colocar en pompa) introduciéndole el dedo índice por el esfinter y tanteando dentro de su cavidad anal. Ella no parecía estar pasándolo muy mal, pues su expresión era placentera y sus ojos un poco entrecerrados mantenían la mirada perdida, pero cuando desvió su vista hacia mí y me sorprendió mirándola, se puso colorada como un tomate. La verdad es que era una postura vergonzante para una mujer, máxime con un hombre maduro trasteándole a placer por la entrepierna y su cuñado favorito contemplando la escena embelesado. Yo también hubiera enrojecido.
El pobre don Antonio, viendo la turbación que "mi esposa" demostraba, procuró abreviar el examen todo lo que pudo, pero aún quedaba lo peor. El hombre me miraba de vez en cuando, como pidiéndome perdón, pero eso no me impidió seguir con las fotitos. A continuación le inyectó un enema opaco para verla por la pantalla de rayos. Impregnó con vaselina una cánula, que parecía mas un cipote que otra cosa, y separando bien las nalgas se la introdujo a mi cuñada por el ojete. Hizo un gesto de dolor cuando sintió aquel artilugio entrando dentro de ella, pero luego se relajó al sentir el líquido fluyendo mansamente por su interior, quedando empalada y sumisa sobre la camilla. En fin, una mañana inolvidable.
Cuando salimos de la clínica casi respiré aliviado. Había tenido que anudarme el jersey a la cintura para tapar mi erección y era tanta la excitación que sentía, que mi sistema nervioso pedía a gritos una tregua. Mi cuñada no hacía mas que resoplar, síntoma de que también iba mas alterada de la cuenta, y su sofoco no había cedido aún cuando llegamos al coche. Ninguno de los dos sabíamos que decir, pero cuando me quité el jersey para sentarme sus ojos fueron automáticamente al bulto sospechoso de mi bragueta.
¡Coño Gonzalo, se ve que has disfrutado de lo lindo!
Lo siento, no he podido evitarlo, uno no es de piedra
¿Y tus tejemanejes con el movil? ¿Crees que no me he dado cuenta?......a ver, enséñame las fotos
Pero que fotos ni que fotos, yo no te he hecho ninguna foto
Que me enseñes las fotos ¡leche!
Bueno, joder, cuando lleguemos al apartamento te las enseño, pero ahora vamos a buscar una farmacia
Entramos a comprar el enema que el médico le había recetado, pues al día siguiente tenía que hacerse unas radiografias. Todo el día a dieta blanda y por la noche limpiar el intestino para llegar en ayunas a radiología. Menudo plan tenía mi pobre cuñada por delante. Estuvo sin hablarme durante todo el trayecto hasta mi casa y mientras subíamos en el ascensor ni me miró. Yo intuía que se debatía entre el enfado por el mal rato de la consulta y la satisfacción de comprobar que me había excitado como un borrico viendo su cuerpo. Al final ganó la segunda opción pues cuando despues de colocar sus cosas en el armario y vaciar la maleta me exigió que le enseñara el movil, no pudo contener la risa viendo las fotos de mis pecados.
Que pedazo de sinverguenza estás hecho (su sonrisa contradecía sus palabras de enfado)
Trae, que las voy a borrar. Ha sido una chiquillada y no quiero que te cabrees conmigo (pero ella seguía mirando la pantalla y sonriendo)
Pero que guarros sois los hombres ¿de verdad que te pongo tanto como para hacer esto?
Tu sabes que siempre me has puesto a cien
Anda ten, no hace falta que las borres. Me hace ilusión saber que te la pelas a mi salud
Me devolvió el teléfono a la vez que me echaba de la habitación para cambiarse de ropa y ponerse cómoda. Al rato salió vestida con una batita muy corta que apenas le tapaba los muslos y que en cualquier otra ocasión me hubiera echo babear pero que no me produjo mucho efecto en ese momento, porque acababa de cascármela en el baño. Pasamos el resto del día viendo la tele o leyendo revistas en el saloncito, pues como ella tenía que seguir la dieta no pude invitarla a tomar algo por ahí y eso fue un suplicio para mi. ¿Os imaginais esa mujer sentada en mi sofá, con esa batita y esas piernas al aire, despues de haberla visto desnudita por la mañana? todos los mirones me comprenderán.
Yo espiaba cada movimiento de mi cuñada y cada cambio de postura con el rabillo del ojo y pienso que ella también se había puesto muy caliente con la situación que estábamos viviendo. Digo esto porque fueron muchas las ocasiones en que "descuidadamente" separó las piernas dejándome ver sus braguitas y muchas las veces que se aflojó el cinturón del batín y sus tetas estuvieron a punto de salirse. Ademas cada viaje que hacía a la cocina o al baño fueron acompañados por mi parte, de una apreciativa mirada al contoneo de sus caderas y a las formas de su trasero remarcadas en el tejido de la bata. Eso no había cuerpo humano que lo resistiera, a mi me iba a dar algo.
Después de cenar fue cuando se desató toda la tensión acumulada durante el día. Mary, con el prospecto del enema en las manos empezó a estudiar el modo de empleo y abriendo el paquete depositó todo los accesorios sobre la mesa. Ponía que se debía diluir el producto en agua y verterlo en la bolsa. De ésta salía un tubito terminado en un pitorro que había que introducir por el ano y luego dejar que todo el líquido fuera penetrando en los intestinos. Ah, también se podía calentar un poquito el agua para que no resultara tan desagradable. ¡Genial!
¿Qué me tengo que meter otra vez esto por el culo? (me enseñaba la cánula con incredulidad)
Pues esta mañana no parecías muy molesta
Es que un médico sabe como hacer estas cosas, pero hacerlo una sola……
Mira te metes en la bañera, cuelgas la bolsa de la barra de la cortina, te agachas todo lo que puedas y este tubito te lo introduces por detrás. Solo serán unos minutos. (sopesaba el artilugio en sus manos con aire preocupado)
No voy a poder, es muy complicado ¿a ti te importaría ayudarme con esto?
¡¡¡¡¿Queeee? ¿había oido bien? ¿Mi cuñada me estaba preguntando si me importaría ayudarla a ponerse una lavativa anal? ¿qué si me importaría?!!!!. No podía creérmelo, debía ser un sueño. Me entró un temblor nervioso en las piernas y en las manos y tuve que ejercer todo el autocontrol que pude para no dar un salto de alegría. Sin dejar traslucir mi excitación le respondí con tono casi indiferente
Claro mujer, como no voy a querer ayudarte
¡Que desagradable, por dios! Bueno deja que me lo piense, porque me resulta muy embarazoso
Por supuesto
Fuimos al cuarto de baño, donde preparó todo lo necesario mientras yo la miraba expectante. Diluyó el polvo en agua calentita y colgó la bolsa de la barra de la bañera, comprobando que quedaba muy arriba y la cánula no alcanzaba la altura apropiada. Eso parece que terminó de decidirla, pues si yo sostenía la bolsa todo resultaría mas fácil. Resignadamente me preguntó si podíamos empezar y yo frotándome mentalmente las manos le dije que adelante.
Que sensación de intimidad mas placentera me invadió cuando se despojó del batín y se quedó solo con las braguitas. Allí, los dos solos en el pequeño baño, con ella desnudándose delante de mi. La luz cálida del halógeno le daba un tono dorado a su piel y vi que tenía los pezones erizados. Deslizó por las piernas abajo la única prenda que la protegía de mi satirismo y se descalzó las zapatillas, metiéndose en la bañera completamente desnuda. Por fin la tenía a mi merced.
Se puso de rodillas y se inclinó hasta apoyar la cabeza en las manos, separando mucho los muslos para dejar bien abierto el trasero. Yo, relamiéndome, cogí un tubito de vaselina que tenía en el romy y le pregunté: ¿Te unto con esto para que te entre mejor? y como ella asintió aproveché la ocasión para hacer algo que mi mujer me tiene vetado. Con el índice derecho bien embadurnado fuí engrasando el boquetito. Al principio dibujando circulos alrededor y luego metiéndolo y sacándolo por el esfinter. Como no protestaba pasé la otra mano por debajo y la agarré por la entrepierna, como si lo hiciera para evitar el zarandeo de su cuerpo, pero la mano tonta buscó como por casualidad la convergencia de sus labios, allí donde habita el placer de las mujeres.
- Ay ay ay ay.....Gonzalo....ay ay....no te pases (me lo dijo en un susurro pero de una manera perfectamente audible)
- ¿Te hago daño?
- No, no me haces daño, pero....creo que ya estoy lista.....anda ponme el enema
Todo lo suavemente que pude le enchufé el tubo y levanté la bolsa para que empezara a fluir el líquido. Era bastante, como un litro o así, y percibí que a medida que le iba entrando por el culo, a mi cuñada le iba aumentando también la excitación. Puede ser que la opresión en su interior tuviera algo que ver, o que sintiera placer por exhibirse de esta manera ante un hombre de su familia, pero el caso es que su vagina (perfectamente visible para mi por la postura) comenzó a destilar jugos y a enrojecer. Ademas, si bien al principio se le escapó algun "humm" o "ay" atribuible a molestias por la lavativa, cuando ya estaba acabando eran bastante apreciables sus esfuerzos por reprimir los gemidos y la agitación de su respiración.
- Cuñada ¿que te ocurre, te sientes mal?
- Ayyy...que va chiquillo, no sabes como me estoy poniendo de burra
- Lo que me faltaba a mi es que tu me digas eso
- ¡Ay ay ay ay, que gusto niño! Ni me imaginaba que se pudiera sentir esto por el culo
Yo tenía el miembro como una estaca (imaginaos la situación), mi cuñada abierta de patas, de rodillas y con el coño mojado, gimiendo como una ternera novicia. No lo pensé dos veces y me quité los pantalones y los calzoncillos simultaneamente, entrando en la bañera como un toro. La agarré por las caderas y sin necesidad de apuntar coloqué la punta del nabo en su cálida vagina, y apreté con todas mis ganas. No padezco eyaculación precoz, pero los treinta segundos que tardé en follármela me parecieron una hora, estallé como un cohete, me corrí, exploté dentro de ella.
Fuí rápido en retirarme (afortunadamente), pues Mary al sentirse empalada por sus dos orificios no pudo aguantar mas. Si ya estaba orgasmando cuando yo la penetré, mi corrida fué el detonante y de golpe vació con fuerza su intestino por detrás y su corrida por delante, quedando hecha un asquito. Yo, que no soy muy escrupuloso, con el teléfono de la ducha la limpié y la aseé con todo el cariño del mundo. Fuí todo lo dulce y agradecido que pude cuando la besé y la llevé en brazos hasta su cama. Del resto de la noche no os voy a contar mas (por hoy ha sido suficiente), solo os diré que mi cuñada no ha vuelto a necesitar un médico y que cada vez que coincidimos en una fiesta familiar o en otras circunstancias nos abrazamos de una manera muuuuuuuuy cálida y solo nosotros sabemos porqué.
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